«Las mujeres están ofreciendo algo muy único en cuanto a pensar las agendas de la soberanía alimentaria»: Sarah Radcliffe.

OCARU

Por Laura Rodríguez – Ávalos, investigadora asociada.

«Para tener un Buen Vivir más sustantivo tenemos que pensar en las relaciones que las mujeres indígenas, especialmente, pero no solamente ellas, mantienen con la tierra en su conjunto», Sarah Radcliffe.

El acceso a la tierra ha sido históricamente uno de los temas centrales en el debate sobre modelos agrarios y de acumulación en el campo en Ecuador. Hoy, tras la prohibición del latifundio en la Constitución de 2008 y la actual discusión de la propuesta de Ley de Tierras Rurales y Territorios Ancestrales en la Asamblea Nacional, el acceso a la tierra fértil, limpia y dotada de agua para irrigación sigue siendo un punto fundamental de las demandas campesinas en un país con una alta concentración de la tierra en pocas manos (0.80 en el coeficiente Gini de desigualdad de tierra) que se ha mantenido casi sin variación durante los últimos 50 años.

Pero esta situación no es vivida de igual forma entre todos y todas las campesinas. Con mucha frecuencia, las mujeres están en desventaja respecto a los varones, tanto en cuanto a la cantidad y calidad de tierra que poseen así como frente a las posibilidades de acceder a ésta.

Frente a la ausencia de un nuevo programa de reforma agraria hasta el momento (la última data de 1973), las mujeres campesinas se enfrentan a esquemas sociales y legales que con frecuencia no les garantizan una mejora en la situación histórica de desigualdad social que experimentan.

En este contexto, los procesos organizativos emprendidos por muchas mujeres campesinas e indígenas, bajo la forma de constituir organizaciones campesinas e indígenas mixtas o el establecimiento de redes de mujeres, forman parte importante de las estrategias con las que ellas hacen frente a un contexto adverso: presencia de múltiples intermediarios de los productos agrícolas, reducidas posibilidades de acceso al crédito, aumento de la carga global de trabajo en el hogar y en la producción; circunstancias que se tornan aún más adversas debido a la migración masculina y a la división sexual del trabajo, entre otros.

Con este panorama en mente y con el fin de continuar explorando la situación de las mujeres campesinas en Ecuador, desde el marco de las ciencias sociales y el pensamiento crítico, el OCARU entrevistó a la investigadora Sarah Radcliffe en el marco del seminario internacional sobre Feminismos y Buen Vivir realizado en el Instituto de Altos Estudios Nacionales, Quito. Profesora del departamento de Geografía de la Universidad de Cambridge, Inglaterra, Radcliffe comparte su perspicaz análisis informado a lo largo de una importante trayectoria académica como investigadora y docente, combinada con amplia experiencia de investigación en Ecuador. El trabajo de Radcliffe se desenvuelve a lo largo de la geografía crítica y la antropología social, incluyendo el estudio de temas como género y programas de desarrollo, estados poscoloniales, ciudadanía y jerarquías sociales.

OCARU: Desde la geografía y poscolonial/descolonial, ¿cómo entender las limitaciones actuales de las mujeres en su diversidad (afrodescendientes, afrolatinas, indígenas, mestizas, etc.) para acceder a la tierra y su lucha por ella?

S. Radcliffe: Desde mi perspectiva de geografía crítica y decolonial, podría decir que sabemos que la misma conquista de América implicó el despojo de los pueblos indígenas de sus territorios históricos; y, al mismo tiempo, la conformación de un sistema de plantaciones basado en el uso de la mano de obra esclava de negros africanos. Entonces, tenemos que saber que el paisaje, todo el panorama desigual de la tierra y los territorios, incluso la relación entre la producción de comida en América Latina, es resultado de una estructura establecida durante este proceso de colonización y división entre unos grupos que controlaban la tierra y otros que tenían que trabajar para los terratenientes. Y, aunque sí, algunas grupos indígenas y afros comunidades mantuvieron sus propias tierras, con frecuencia estas se ubicaban en zonas de mala calidad de tierra; fueron apropiadas por tener que buscar lugares de refugio o por la posibilidad que algunos tuvieron durante la República de comprar o acceder a una reforma agraria limitada que les dio unas pocas parcelas.

Sabemos que la situación todavía sigue siendo muy desigual en cuanto a la distribución de los terrenos en América Latina; especialmente en Ecuador, que es uno de los países con mayor desigualdad en la distribución de la tierra. En relación a la situación de las mujeres tenemos que saber que tanto su situación frente a la ley durante la colonización y a todas las relaciones sociales que se establecieron durante la misma implicaban una situación de desventaja muy fuerte para las mujeres subalternizadas. Se encontraban desfavorecidas porque no tenían posibilidad de reconocimiento en cuanto a títulos de tierra, al tiempo que también recibían un posicionamiento muy marcado por el género respecto al trabajo sobre la tierra. Es decir, que en la cultura dominante las mujeres muchas veces se asociaban y siguen asociándose con la esfera privada de la casa y el trabajo reproductivo, en vez de estar relacionadas con los campos y el trabajo agrícola. Con esto quiero decir que en los programas de desarrollo o de reforma agraria no se toman en cuenta a las mujeres y, especialmente, a las mujeres racializadas, en cuanto a sus derechos a la tierra. Por esta causa no se han dado los títulos a estas mujeres. Cuando los procesos que se dan en el contexto de las comunas y comunidades indígenas, lugares en los que debe darse un control comunitario de tierras, las mujeres no acceden a la tierra tal como lo hacen sus pares varones debido a las relaciones de herencia o a las relaciones familiares. Por ello, se dan unas relaciones muy desiguales en cuanto a la cantidad de tierra que puede manejar una mujer, por ejemplo, y su capacidad de acceder al crédito, o a acceder al apoyo de los programas de desarrollo.

En mi trabajo con las mujeres Kichwa y con las mujeres Tsáchila, las mujeres me cuentan, en el caso de las Kichwa de Chimborazo, que reciben en herencia de sus padres, en promedio, una cuarta parte de lo que reciben sus esposos aunque entre los Kichwas los hijos e hijas tienden a compartir los terrenos de los padres. Las mujeres y los hombres reciben tierras de sus padres; pero como ellas reciben sueldos menores a los hombres en sus trabajos agrícolas fuera de la comunidad, es muy difícil comprar terrenos.

Las mujeres Tsáchila se encuentran en una situación diferente, por el problema de la colonización planificada desde el Estado en los años 50 y 60. El Estado pensaba que en esa zona de Santo Domingo había tierras baldías. Entregaron terrenos a los colonos que venían de otra parte del país para asentarse y a hacer sus fincas en tal lugar. Esto implicó que el grupo Tsáchila como población indígena tenía que ir reduciendo su área de control; tal proceso sigue ocurriendo por el crecimiento de la propia ciudad de Santo Domingo y la búsqueda por terrenos aún más grandes por parte de los agricultores. Es evidente que hay una presión muy fuerte sobre los terrenos de los Tsáchila y las Tsáchila.

Realmente, las mujeres Tsáchila no tienen control sobre sus terrenos porque cuando se casan pierden el derecho de ser comuneras en su comuna de nacimiento y van a la comuna de su esposo; comuna donde sucede que las familias no quieren dar terrenos a sus hijas porque piensan que van a irse de la comunidad. Entonces prefieren darlo a un hijo que va a estar con su esposa.

Vemos que el marco nacional no es el único que se ha de entender sino que  hay que tomar en cuenta las dinámicas dentro de diferentes grupos con su propio posicionamiento. Aquél frente a los impactos de la colonización y de un desarrollo poscolonial en su propio terreno porque la situación de los Kichwas es muy diferente de las mujeres Tsáchilas.

OCARU: ¿Cómo analiza la importancia de la reforma agraria para las luchas feministas en el contexto del buen vivir ecuatoriano?

S. Radcliffe: Sabemos que para enfrentar las desigualdades existentes en los países hay que hacer varios cambios. Hay investigadores que nos dicen que resulta necesario tener un nuevo contrato social; que hay que tener un proceso participativo y hay que hacer cambios estructurales en cuanto a la distribución de recursos. Ecuador ha hecho cambios importantes respecto a varios de estos elementos en su Constitución de 2008 y en el trabajo legislativo que se ha dado posteriormente. No obstante, hay un elemento que los investigadores muestran que es muy significativo y es aquel concerniente a la reforma agraria. Y claro que en Ecuador no se ha dado de manera plena y completa. No solamente es una cuestión de justicia para las personas que tienen muy poco terreno o tierra, sino que también es cuestión de lucha para los y las feministas; en el sentido de que las mujeres rurales controlan aún menos terreno que los hombres, entre las personas que tienen poca tierra. Esto implica una posición de exclusión y también de empobrecimiento para dichas mujeres; por lo cual, luchar por sus derechos a tener equidad de acceso a la tierra para sobrevivir y para mantener su propia persona y su familia, es una cuestión muy relevante.

Especialmente en el contexto del Buen Vivir, tenemos que pensar en lo que es la relación ampliamente concebida del Buen Vivir: el sistema de relacionar la sociedad humana con una tierra viva, con un sistema de ecología y sistemas de vida que se mantienen en relación con lo humano. Si estamos diciendo que es cuestión de justicia que las mujeres tengan acceso equitativo a la tierra, es también cuestión de asumir que para tener un Buen Vivir más sustantivo tenemos que pensar en las relaciones que las mujeres indígenas, especialmente, pero no solamente ellas, mantienen con la tierra en su conjunto. No se trata solamente de sacar el provecho de una parcela para irse al mercado, sino también reconocer que existe una relación con la tierra mucho más larga de mantenimiento de los procesos ecológicos y biológicos. Y para muchas mujeres también se trata de mantener determinadas relaciones espirituales con la tierra.

OCARU: Con frecuencia, las mujeres indígenas son las más excluidas del desarrollo, a la vez que manifiestan el deseo de «subirse al carro del desarrollo», como usted ha señalado en su texto «El género y la etnicidad como barreras para el desarrollo» (publicado en la revista Eutopías 2015).

¿Cómo se concilia este deseo de muchas mujeres indígenas y afrodescendientes de acceder al «desarrollo» con la defensa y la promoción de la soberanía alimentaria que precisamente plantea una visión crítica del desarrollo que podríamos caracterizar como agrícola, agroindustrial, estatocéntrica?

S. Radcliffe: Sabemos que muchas veces hay unos estereotipos muy fuertes sobre las mujeres indígenas que viven en las zonas más alejadas. Se piensa que ellas pueden vivir de la subsistencia y que tienen una relación con la tierra que les da un nivel de vida suficiente, como si fuera el caso de que no quieren superarse. Pero, por mi trabajo con las mujeres Kichwa de Chimborazo y las Tsáchila, yo diría que estos estereotipos no son suficientes para entender bien su situación y sus visiones del futuro; en el sentido de que las mujeres indígenas Kichwas o Tsáchilas dependen mucho del mercado para la venta de sus productos.

En el caso de las familias Tsáchila, ellas trabajan recientemente el plátano, café y cacao porque los terrenos que históricamente poseían eran de tal extensión que podían dedicarse a la caza y la pesca; pero ahora no es suficiente y deben complementar los medios de subsistencia y la economía familiar con el cultivo. A la vez, la economía de esa zona se ha ido mercantilizando fuertemente existiendo una economía de mercado. Y, aunque las mujeres Tsáchila quieren estar en su sitio y mantener relaciones con el territorio histórico, también saben que viven en un contexto en el que el poder se mantiene con el mercado y en el que ellas y sus familias reciben un menor apoyo por parte de las ONG y del Estado.

Dichas mujeres están buscando una forma de justicia que sea adecuada para su situación, que sea una modernidad apropiada, pero desde su propia visión del futuro. Es cuestión de saber cómo y dónde se puede acceder al crédito porque, con frecuencia, las mujeres Tsáchila no pueden encontrar crédito ni tampoco las toman en cuenta cuando hay programas de desarrollo.

Muchas veces, las mujeres están viviendo con el apoyo del bono del desarrollo humano porque hay falta de trabajo que les permita proteger su forma de vida desde su perspectiva; la visión de una modernidad, de una relación con el mercado que no sea tan desigual. Es también parte de la agenda de las mujeres indígenas de Chimborazo que quieren seguir con la agricultura y poder producir porque son las productoras de muchos de los alimentos en el país. Por ello, ellas dicen, «el país depende de nosotras porque estamos produciendo para irnos al mercado y vender los productos agrícolas». Pero también dicen que no pueden hacerlo bien y no tienen las posibilidades de hacerlo bien.

Dicen ellas «quisiéramos mantener esa producción, pero quisiéramos mantenerla desde el lado de una producción orgánica, quisiéramos mantener una relación sana con la tierra porque dependemos mucho de la tierra». Y también está en su agenda buscar más calidad y cobertura por parte de los servicios públicos; porque ellas no reciben en sus comunas, en sus casas, la inversión que se encuentra en las ciudades, por ejemplo. Entonces quisieran la inversión en alcantarillado, en agua potable, en los servicios de salud y educación que se les debe como ciudadanas del país; en este contexto, realmente no hay equidad. Entonces están buscando una modernidad en relación a la inversión pública, a una distribución equitativa de los bienes comunes; y también quieren participar en el mercado. Pero las mujeres indígenas exigen y siguen tomando una perspectiva de que hay que mantener la soberanía alimentaria, mantener la agricultura orgánica y sostener una relación sana con lo que consideran que es la tierra viva: la pachamama.

OCARU: La categoría de interseccionalidad es usada con frecuencia en las ciencias sociales, y en particular en los estudios de género para entender la complejidad de los lugares sociales en que se encuentran las mujeres. ¿Qué podemos entender por interseccionalidad y qué aportes ofrece esta perspectiva para comprender el papel de las mujeres en la defensa de la tierra y la soberanía alimentaria?

S. Radcliffe: El concepto, la palabra interseccionalidad, nació en la lucha de las mujeres negras en Estados Unidos para confrontar la violencia que experimentaban en dichos contextos. Y fue una manera de decir que uno no puede tomar en cuenta el género solamente: su punto era que las mujeres no son iguales en todas las partes del mundo, sino que había que considerar el hecho de que hay algunas violencias contra las mujeres que son más fuertes cuando una mujer es negra o indígena o montubia o campesina, que cuando ella es blanca. La interseccionalidad ha ido buscando formas de entender las entramadas relaciones entre la discriminación contra las lesbianas, por ejemplo, con la discriminación contra las mujeres racializadas.

Por ello, la interseccionalidad sirve como marco para entender cuáles son las relaciones reales para dichos grupos específicos. No se trata de buscar una determinada categoría social que recibe la mayor discriminación, no. Y, por otra parte, la interseccionalidad enfatiza la actoría o agencia de las personas, a pesar de las relaciones de poder que pueda experimentar una persona que se encuentra marginalizada por el traslape entre exclusiones. Entonces, la interseccionalidad es una manera de ver bien cuáles son las relaciones de poder que van excluyendo sistemáticamente y con mucha fuerza a unos grupos determinados. Quiere decir que también entendemos por qué existen las jerarquías en la sociedad, tanto a nivel de las relaciones interpersonales, tanto al nivel más amplio. La interseccionalidad se tomó quizá por un momento como una manera técnica de identificar a los grupos más oprimidos; pero yo lo tomo desde la perspectiva de la teoría decolonial, feminista y poscolonial para decir que tenemos que entender cuáles son los procesos desde la colonización hacia un desarrollo poscolonial; puesto que así podemos encontrar maneras de entender las jerarquías que siguen siendo muy fuertes a pesar de 60 años de desarrollo, a pesar de 100 años de constituciones que dicen que todos somos iguales. Es el tema de mi libro que está por publicarse, Dilemas de la Diferencia, en Duke University Press.

La interseccionalidad es una de las maneras para distinguir las jerarquías que van formándose diariamente y a largo plazo para excluir a unos grupos sistemáticamente. Esto quiere decir que la interseccionalidad en el contexto de las jerarquías poscoloniales es importante porque nos ofrece una manera de mirar la situación de las mujeres frente a la tierra en Ecuador y decir que tenemos que entender también la situación diferenciada de las mujeres indígenas en los Andes, o de las mujeres Afro en Esmeraldas. Tenemos que saber qué diferencia hace que una mujer esté casada frente al sistema de distribución de tierras. De manera que la interseccionalidad nos introduce un elemento crítico para entender exactamente en qué posición se encuentra una mujer o un grupo de mujeres. Y también nos demuestra que, muchas veces, las luchas de las zonas rurales de las mujeres, las asociaciones y redes que ellas forman para proteger sus agendas es algo que también está muy relacionado con la cuestión de la interseccionalidad; las mujeres indígenas, por un lado, han tenido un papel muy importante en las organizaciones mixtas campesinas e indígenas, pero hay veces que sus propios intereses se han hecho un poco invisibles dentro de estas organizaciones mixtas. Pero las mismas mujeres han ido luchando por un espacio en estas organizaciones mixtas para decir sí, estamos también uniendo nuestra fuerza a estos movimientos, pero a la vez tenemos que tomar en cuenta que las mujeres sí tenemos otras relaciones con la tierra, o con la agricultura, que no son exactamente iguales a la de los hombres. Podemos luchar juntos para algunas cosas, pero también tenemos que tener en cuenta a las mujeres. Por eso la agenda de las mujeres rurales frente a la soberanía alimentaria.

Considero que la gente y, particularmente las mujeres, sí están ofreciendo algo muy único y muy original en cuanto a cómo podemos pensar las agendas en general de la soberanía alimentaria.

Algunas publicaciones de Sarah Radcliffe:

Radcliffe, Sarah (2015). Dilemmas of Difference: Indigenous Women and the Limits of Postcolonial Development Policy. Duke University Press.

Radliffe, S. (2014). El género y la etnicidad como barreras para el desarrollo: Mujeres indígenas, acceso a recursos en Ecuador en perspectiva latinoamericana. Eutopías. Número 5.

Radcliffe, Sarah (2010). Re-mapping the Nation: Cartography, Geographical Knowledge and
Ecuadorian Multiculturalism. Journal of Latin American Studies 42: 293-323.

Radcliffe, S. and Westwood, S. (1999). Rehaciendo la Nación. Lugar, identidad y política en América Latina. Quito: Ediciones Abya-Yala.

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Laura Rodríguez

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