Entrevista a Roberto Guerrero. Experiencias y alternativas para hacerle frente a los mercados para ‘pobres’

Roberto Guerrero, integrante de la Cooperativa Sur - Siendo Redes y Sabores. Foto ~ Gabriela Vanegas Carrera

Mi nombre es Roberto Guerrero y soy parte de la Cooperativa Sur – Siendo Redes y Sabores. Nosotros generamos desde una cooperativa de consumidores espacios de comercialización justos, sobre todo enfocados en lograr que alimentos agroecológicos de origen campesino lleguen a barrios populares.

¿Cuál es la historia de la Cooperativa Sur – Siendo?

Nosotros nacimos hace un poco más de seis años y medio, con la idea de implementar un cambio cotidiano de alto impacto. Somos un grupo de amigos/as que nos preguntamos, ¿qué cambio podemos apoyar que sea de impacto? Y dijimos la alimentación. Es un cambio concreto, cotidiano y que tiene una relación con el tema ambiental, social,

cultural y económico. Entonces nos decidimos por esta vía, para avanzar alrededor de, lo que en ese tiempo decíamos, la huella de carbono, nuestra huella en el ambiente. Ya después nos hemos encontrado con un montón de realidades, de procesos que hemos ido descubriendo de manera colectiva.

¿Cómo estructuraron esta iniciativa en un inicio?

Nosotros primero decíamos : “queremos tener alimentos saludables por nuestras familias, tener alternativas”. Entonces nos fuimos a Tabacundo donde tenemos conocidos. Una entidad que se llama Asociación Agroecológica del Buen Vivir en Pedro Moncayo, ellos son los compañeros que vienen a la feria de la Universidad Andina. Nosotros sabíamos que ellos tenían bastantes productos agroecológicos que no lograban vender en las ferias, y que terminaban vendiendo en el mercado convencional al precio que les den.

Entonces les dijimos que nosotros queríamos traer de manera directa, y ahí entramos a definir los precios. Nosotros les dijimos que no podíamos pagarles el precio de feria, pero podíamos pagar más de lo que paga un mayorista. Entonces el objetivo fue llegar a un precio justo, que permita a los agricultores cubrir su trabajo, sus costos de producción, y de igual forma generar algo de ganancia para que al mismo tiempo se sostenga el sistema de distribución. Entonces ese precio de venta se fija con el objetivo de incluir, no excluir, a sectores populares en la posibilidad de consumir alimentos saludables.

Así comenzamos a trabajar. En ese tiempo teníamos una lista de cuarenta y seis productos y tuvimos oportunidad de abrir espacios con dirigentes. Los grupos de jubilados, la gente de la pastoral, y les explicamos que teníamos la idea de traer alimentos saludables y que buscábamos acuerdos para comprar de manera colectiva.

Entonces comenzamos a trabajar en una metodología que se llama: “grupos de distribución”, que al final es ponernos de acuerdo en las compras de la familia por semana, hacer una lista general y mandar esa lista a los compañeros de Tabacundo.

La lista tenía que salir los días miércoles, los días sábados los compañeros acopiaban y los domingos, durante la madrugada, salía la camioneta que nos iba a entregar a nosotros los productos. Entonces separabamos lo que ibamos a consumir y el resto distribuíamos, según lo que nos habían pedido. Luego reuníamos el dinero y se pagaba como máximo hasta el miércoles de las semana siguiente para que el dinero circule nuevamente.

Entonces claro, este proyecto no fue pensado como un proceso de capitalización, sino más bien de acceso a alimentos. Es más, de la primera venta que hicimos, la primera distribución, nos quedó un dólar, al menos no quedamos en contra.

Comensales de la biotienda agroecológica de Sur - Siendo. Según su propio testimonio, esta familia encontró en la producción agroecológica un apoyo para ayudar a su hijo a combatir la leucemia. Su proceso de búsqueda para mejorar su salud les llevó a cambiar sus hábitos alimenticios, educarse y buscar alternativas nutricionales. Ahí entra a jugar la agroecología. Foto ~ Gabriela Vanegas Carrera.

¿Cómo fue el proceso de negociación de precios con los productores?

Nosotros definimos con los productores el precio del producto. Ejemplo, si el tomate iba a costar un dólar los compañeros recibían ochenta centavos, y a su vez quedaba un pequeño rubro para el sistema de distribución.

Entonces, hay una remuneración justa para el trabajo del campesino y queda un pequeño margen para sostener la autonomía. Es decir, poder pagar la camioneta que transporta los productos, o para comprar manteles o poner mesas.

Y de esa forma llegua el producto acá a un precio que sea accequible, es un precio que no excluye a los sectores populares del acceso a alimentos.

Así nació este tema de los precios, pero el sistema se ha ido complejizando. Luego ya no solo era distribución, sino ferias, una tienda, canastas… entre otras formas de comercialización.

Entonces, tuvimos que dividir el precio. Tenemos el precio cooperativa que se aplica cuando nos entregan productos para nuestra tienda, para hacer canastas, o para entregar a restaurantes y cafeterías. Entonces este precio cooperativa es el precio inicial con el que arrancamos.

Después tenemos un precio de feria que es el valor al que se vende a las familias en general. Y tenemos un tercer precio que es un poquito menos del precio de feria, que es el precio distribución y lo aplicamos cuando logramos poner productos al por mayor.

Y la red también crece. Actualmente estamos en diálogo con seis organizaciones agroecológicas y dos asociaciones de huertos urbanos, esto hace un total de ciento veinte a ciento cincuenta productos que tenemos en feria entre las diferentes plazas comerciales o canales.

Entonces, claro, nosotros priorizamos el desarrollo de un mercado solidario, donde hay una relación campo ciudad. Una relación entre el productor y el consumidor. Y esa es nuestra idea, y para promoverla desarrollamos campañas de consumo consciente.

Pero también tenemos este otro lado que busca las ventas al por mayor para dar mayor alternativa de ingresos a las familias y generar este pequeño margen de distribución para sostener los espacios. Eso implica pagar arriendos, el sueldo de la persona que atiende en la tienda, la remuneración de la persona que lleva la contabilidad.

Y bueno, ¿cómo fue la interacción de esta iniciativa en los barrios?

Nosotros llegamos a los barrios y tratamos siempre de promover el consumo consciente. Nosotros no pensamos que el consumo consciente y responsable es individual, no.

Lo pensamos siempre como un tema colectivo porque nosotros sabemos que la limitante económica para el acceso a alimentos la podemos enfrentar de manera colectiva, sobre todo generando estos espacios comerciales donde se acerque el campo y la ciudad, donde se acorta la cadena de distribución y pueden los agricultores vender directamente. Entonces en resumen eso hicimos durante el primer año y después evaluamos.

Feria agroecológica en las instalaciones de Casa Mitómana en la ciudad de Quito. Parte de la red de ferias de la Cooperativa Sur - Siendo. Foto ~ Gabriela Vanegas Carrera.

¿Y qué resultó de la evaluación?

Tras las asambleas de evaluación, se decidió crear una cooperativa. Nos informamos en la Superintendencia de Economía Popular y Solidaria, les explicamos que nuestro proyecto era de distribución y que queríamos que los agricultores puedan venir a los barrios. Entonces nos recomendaron que nos legalicemos como una cooperativa de comercio.

Entonces, Cooperativa de Servicios de Comercio es el primera parte formal del nombre que nos da la Superintendencia. Y a eso nosotros le agregamos Justo Sur Siendo Redes y Sabores. Desde Justo es nuestro nombre, y a larga eso es lo que buscamos, comercio justo, y lo decimos en nuestra misión. Entonces así nos definimos, como Cooperativa de Servicios de Comercio Justo Sur Siendo Redes y Sabores.

¿Qué pasó después de la legalización?

Intentamos hacer algunas cosas, como por ejemplo poner la primera biotienda. Como todo primer intento es bastante interesante, toda una experiencia.

Nosotros decíamos: “tenemos todos los productos de los compañeros de Tabacundo. Exponemos los productos frescos y la gente viene a comprar. Vamos a ser una verdulería diferente que da un precio estable cada seis meses”. Todo lo que uno se imagina… “Les decimos que es algo agroecológico, que es precio justo”, pero la realidad era otra.

Venía la gente y decía: “queremos guineos, piña…”. Y claro, a veces nosotros no teníamos todo lo que nos pedían, entonces desde ahí tuvimos que ampliar la red. Y también es ahí cuando se empieza a pensar en la complementariedad de la producción campesina por las regiones, por las condiciones agroecológicas… Y fuimos aprendiendo que las ferias necesitan un modelo, no es algo solo de poner carpas.

Entonces la feria mientras más agrobiodiversidad tenga es mejor porque es un circuito corto que ofrece esa agrobiodiversidad que debe tener la agroecología. No solo es un trabajo de ir y poner carpas, sino que se tiene que trabajar en el barrio, y eso es algo que al principio no se ve. Es necesario ser parte de la agenda de la organización barrial, discutir con los dirigentes sobre alimentación saludable, y eso fuimos construyendo de a poco.

Por ejemplo, en la biotienda que tenemos ahora manejamos poco producto fresco porque fuimos entendiendo que las tiendas necesitan productos procesados, la gente demandan este tipo de productos. Y son nichos diferentes. La feria, por ejemplo, es para la gente que hace mercado semanal, familias que  tienen un presupuesto semanal para las compras.

¿Ustedes manejan algún tipo de perfil de sus consumidores?

Nosotros tenemos estudios, no grandes, pero sí regulares que los hacemos con diferentes universidades sobre la gente que viene a nuestras ferias. Entonces armamos el perfil del consumidor.

Ejemplo, la gente que viene a la tienda quiere marca y está dispuesta a pagar un poco más por tal o cual marca. Entonces para ese tipo de espacios pensamos en organizaciones que tiene productos con certificación orgánica, que manejan una marca.

Pero ahí volvemos nuevamente al punto de la accesibilidad a los alimentos. Es por eso que nosotros decidimos comprar al granel. Compramos en cantidad a los emprendimientos de estas empresas campesinas para que nos salga más económico y nosotros mismo enfundamos el producto.

Ejemplo,la “quinua-pop” nosotros vendemos a un dólar los 100 gramos. Si tú compras en la presentación que tienen los compañeros, una empresa juvenil de la COPROBICH, que se trata de una caja de cartón con diseño y toda la cosa, el producto sale como en dos dólares veinticinco (2,25 dólaes). Entonces nosotros les dijimos para comprarles al granel y poner en funda, lo cual nos sale en un dólar, incluido ya el valor que queda para la cooperativa.

La biotienda Madre Tierra, ubicada al sur de la ciudad de Quito, compra productos al granel y se encarga de simplificar su empaquetado con el objetivo de obtener un precio más accesible para lxs consumidores.

¿Desde cuando está su biotienda ubicada en el sector de la Villaflora Centro Sur de Quito?

Al inicio la biotienda estaba en un espacio más al sur, Ajaví y Cardenal de la Torre, en un sector que se conoce como Parque de los Tubos. Ahí pusimos la tienda en el 2018 y la tuvimos casi dos años y medio.

Para ese entonces teníamos solo los grupos de distribución y la tienda. La biotienda ya llevaba funcionando como unos tres meses cuando decidimos hacer la inauguración para que la gente en el barrio entienda nuestra idea y de dónde vienen los productos que vendemos. Entonces, decidimos hacer una feria al frente de la tienda, en el Parque De Los Tubos, donde estén todos los compañeros de las organizaciones con los productos que tenemos en la tienda.

¿Cómo hacen para generar consumidores interesados por sus productos?

Hicimos un estudio que nos reveló que la gente no sabía qué era un Sistema Participativo de Garantias SPG. Además solo 7% de la gente en el barrio había escuchado el término Comercio Justo. Agroecología llegaba al 5 %. Entonces, llegar y decir tenemos productos agroecológicos es como hablarles en chino aplicado.

Es así como nosotros empezamos a generar un discurso, pero desde las categorías que la gente conoce y quiere. La gente dice yo quiero alimentos ricos, frescos… Que sean o no saludables no era determinante según el estudio.

Pero al final, nuestra idea de hacer una feria frente a la tienda fue todo un éxito. El problema es que la feria terminó comiendose la biotienda. Ahí nos dimos cuenta que la gente buscaba un mercado, y bueno todo a la larga es parte del aprendizaje.

Entonces, decidimos cerrar la tienda para reinstalarla en otra parte y cuando ya estabamos en ese proceso nos llegó el Covid.

¿Cómo enfrentaron la pandemia?

La verdad al inicio no sabíamos qué pasaba. Un día estábamos en una feria y a la siguiente semana no teníamos nada. Solo nos dijeron no pueden salir. Es más, en la última feria que hicimos nos cayó la policía con los municipales a las diez de la mañana y nos dijeron: cierren todo ahorita porque estamos en pandemia o nos llevamos sus cosas.

¿Y qué hicieron entonces?

No, nunca cerramos. Ahí más bien nos permitimos probar los acuerdos que habíamos generado con los agricultores, con respecto al precio, la calidad, el manejo de los productos… Y eso nos sirvió para pasar de ferias a canastas.

Entonces, a la siguiente semana nosotros estábamos entregando canastas al mismo precio y con el mismo mecanismo. Los compañeros encargados del campo y nosotros acá de la ciudad.

Hicimos un Google Drive para que la gente haga pedidos, definimos las rutas de nuestros consumidores… Hicimos las gestiones para recibir los alimentos en una casa comunal y desde ahí armar la distribución.

Honestamente fue complejo. Al principio tuvimos 50 canastas, 70 canastas, 100 canastas, 140 canastas, y llegamos a un tope de 200 canastas. Y luego ya empezó a descender.

¿A qué se debió el descenso en el consumo?

Hay varios elementos en ese escenario. El manejo de la crisis sanitaria se hizo político y favoreció bastante a los sectores monopólicos del control de los alimentos.

Ejemplo, nosotros pudimos hacer lo de las canastas porque, como cooperativa, tenemos todos los trámites al día. Si nos piden el Regristro Único de Contibuyentes RUC, la patente del municipio o cualquier documento lo tenemos al día. Entonces a nosotros se nos facilitó el tema de los salvoconductos y cubrió a las organizaciones con las que trabajamos. Pero no pasó eso con todxs lxs compañerxs que producen en el campo.

Fue un escenario complejo. Súper complejo. Y ese fue uno de los temas más desgastantes para las organizaciones que mantenemos circuitos cortos.

Luego, hay un segundo momento en que la gente intenta salir de nuevo a las calles porque quiere hacer algo, quiere vender algo… Y todo eso a pesar del miedo que nos pusieron a la enfermedad, a la muerte. Porque a la final o nos mataba el covid o nos mataba el hambre.

Nosotros, entre mayo y agosto, logramos vender casi 5000 canastas y logramos generar un ingreso que a los compañeros campesinos les ayudó a mantenerse. El proceso de la cooperativa que logramos nos permitió enfrentar ese momento.

Y también el proceso que habíamos llevado nos permitió ayudar. Cuando nos hacían un pedido de 70 canastas, nosotros comprabamos 80. Con el objetivo de entregar, a través de la directiva, el excedente a las familias de vendedores autónomos del barrio  porque estaban jodidos por no poder salir.

Nosotros entregamos durante 3 meses más o menos un promedio de 15 a 20 canastas semanales a las familias de nuestro sector. Y fue hermoso porque también empezamos a recibir apoyo. Había gente de la panadería que traía “alguito” de pan, también de la carnicería… Apoyo entre vecinos.

Entonces al inicio de la pandemia fue la organización popular la que sostuvo todo en esos momentos difíciles de crisis. Fue un momento en el que se sintió la organización barrial, la organización comunitaria, la organización de las familias en la construcción de estos espacios.

La biotienda Madre Tierra está ubicada al sur de la ciudad de Quito. Foto ~ Gabriela Vanegas Carrera.

¿Cómo influyó la pandemia en la relación que ustedes tenía con sus consumidores?

Fue chistoso porque según nuestros perfiles de consumidores las mujeres mayores de 55 años, trabajen o no trabajen, eran las encargadas de hacer las compras para su casa.

Lo que a estas mujeres, aproximadamente un 56%, les importaba más a la hora de comprar era la cuestión económica para así poder ahorrar, entonces la alimentación inevitablemente pasa a ser una mercancía. Esa es la idea que tenemos instaurada, entonces claro, tú vas a comprar en el lugar que te permite ahorrar.

Y de la nada el perfil cambió. Por la pandemia las personas que comenzaron a comprar fueron jóvenes menores de 30 años y hombres. Y lo primero que notamos es que no sabían cómo comprar. Yo pude constatar que las familias les mandaban listas para que se guiaran y ellos elegían cualquier cosa.

¿Intentaron vender en línea?

Sí, pero nosotros no estamos acostumbrados todavía a eso. La venta en línea funcionó para algunos productos, pero no para alimentos frescos porque la gente tiene miedo, desconfía de la calidad de lo que te traen.

Cuando se trata de consumir alimentos en línea pesa mucho el tema de la marca. Si dice tal marca conocida chévere, pero si no eres una marca grande es difícil.

Y bueno, para octubre de ese año 2022 retomamos el proyecto. Como no teníamos espacio público abrimos un mercado agroecológico que funcionaba en un garage arrendado. Fuimos a conversar con “Casa Mitómana” y nos prestaron la entrada de su garaje, se reabrió el garage de “La Floresta” en el “Banco de Codesarrollo”, y fuimos también a gestionar en la “Casa de la Cultura” porque queríamos armar otra feria y retomar este proyecto de construir una Red de Ferias para darle a la gente esta posibilidad de acceder a alimentos.

Comenzamos a hacer huertos urbanos, charlas sobre alimentación saludable, capacitación sobre alimentación saludables…  Cosas así bien específicas. Pero aunque se ponía todo el esfuerzo, se llegaba todavía a un grupo muy pequeño de consumidores. Y notamos que antes de la pandemia nuestras actividades tenían un mayor alcance, es decir que nuestra incidencia disminuyó.

¿Y a qué atribuyeron ese cambio?

Para nosotros se debió a que no teníamos la posibilidad de interactuar en el espacio físico. Antes nosotros íbamos a las escuelas, a las catequesis, pero de la nada todo era virtual.

Entonces ahí decidimos lanzarnos una campaña virtual explicando de dónde vienen nuestros alimentos. La idea era decirle a la gente, mostrale de dónde viene la comida y que conozcan el proceso agroecológico.

Antes de la pandemia nosotros hacíamos visitas a los compañeros que producen y llevábamos gente del barrio para que converse con ellos directamente. Entonces nos íbamos a Pillaro, a Tabacundo, a Cayambe, a Pacto… Y llevábamos con nostros a las familias, líderes barriales, dirigentes o el “mayor chismoso”.

Entonces para nosotros las visitas de ley significaban caseritos (compradorxs). Y caseritos de esos que mandan el mensaje al barrio. Se encargan de contar cómo son las cosas, cómo ha sido allá, cómo son de organizados los compañeros… Pero en pandemia tuvimos que buscar un mecanismo virtual para llevar el mensaje, y ahí fue lo de la campaña. Hicimos un vídeo y lo pusimos en internet, le pautamos, y tuvimos un montón de visitas, pero eso no significó que hubieran más ventas.

María Candayamo (izq.) es productora de verduras. Teresa Chimarro (der.) es productora artesanal de miel. Foto ~ Gabriela Vanegas Carrera.

¿Y entonces qué estaba pasando con las ferias?

Esto nos llevó a evaluar las limitaciones de nuestro modelo de gestión de ferias. Analizar este modelo de gestión tradicional, porque tenemos un modelo de gestión de ferias bien tradicional en Quito. Y por eso ahora estamos detrás de comenzar a trabajar la trazabilidad de los alimentos con la digitalización de los procesos.

A veces desde nuestros espacios criticamos la elitización de los productos orgánicos, pero no caemos en cuenta que ellos tienen un montón de herramientas que de pronto nos puedan ser útiles, y que nos pueden ayudar a enfrentar algunas condiciones.

Nosotros siempre vamos a estar en contra de la calificación de terceros, el tema de la huella de carbono, que no se promueve la agrobiodiversidad sino el monocultuvo, y todos esos elementos.

Pero eso, a su vez, no debe impedirnos aprender de sus procesos y sus herramientas tecnológicas porque también pueden ser útiles para nosotros, y muchas veces nosotros vemos eso con recelo porque erroneamente pensamos que si vamos a hacer tal cosa ya somos eso. Todos estos cambios que se están dando deben poner en discusión algunos elementos. Y eso significa topar el modelo de gestión de ferias.

¿Y hacia dónde va ese nuevo modelo de gestión de ferias?

Lo estamos debatiendo, lo estamos analizando. Estamos revisando otros modelos en otros países. Hay cosas interesantes que se vienen haciendo en otros lugares.

Pero hay otros elementos como el arraigo social para impulsar la resiliencia y soberanía alimentaria de los territorios urbanos donde vamos. Pero ese es un tema que no se trabaja y eso tiene que incidir en el modelo de gestión.

Hay que visibilizar el rol de los consumidores como coproductores. Nosotros le hemos ido dando primeras pinceladas y vamos entendiendo. Pero no podemos ser 16, tenemos que ser 80 / 100 coperativistas alrededor del tema del consumo.

Entonces esos elementos hay que pensarlos. Y hay que pensarlos en profundidad.

¿Encuentran resistencia para incorporar estos “nuevos” elementos?

Sí, pero son cosas que aunque no nos gusta debemos pensar. Hay que pensar en Buenas Prácticas de Manufactura BPM. Pero existe reticencia porque la gente lo asocia con empresas capitalistas, y eso no es así.

No puede ser que nosotros estemos en las ferias reproduciendo lo que pasa en un mercado convencional, entorno poco arreglado o sucio. Y esos son algunos de los elementos que tenemos que trabajar.

Y ese es un tema en el que les llevan mucha ventaja los grandes monopolios que controlan la alimentación.

Sí, exacto. Mi hija me dice: Yo llego a la tienda y no hay un código QR que me explique qué es esto. Y voy a la feria de la Casa de la Cultura y tampoco hay el código QR. Yo no quiero hablar con ustedes. Yo no quiero preguntarles. Yo quiero el código QR, escanear y averiguar qué son ustedes.

Entonces, son estos elementos prácticos los que tenemos que cambiar, tenemos que actualizarnos, tenemos que tecnificarnos, tenemos que poner BPMs, tenemos que visibilizar el rol de los consumidores… Hay un montón de elementos, sobre todo tenemos que impulsar con más fuerza el SPG. Y sí, en un escenario comercial aunque no nos guste, aunque nos cueste eso.

La otra vez conversábamos sobre estos SPGs con dirigentes nacionales alrededor del tema agroecológico y ponerles el tema es como decir: Ya se prostituyó el SPG, solo para un tema utilitario… Y eso no es así. Pero es una realidad que los compañeros necesitan vender. Y si no hay ingresos en las familias no se sostienen los procesos agroecológicos, no se consolida la transición.

Y eso nosotros también lo vivimos entre nosotros porque vivimos de esto. Cuando nosotros hablamos de esto es con el objetivo de sostener el proceso desde la autonomía.

Las feriantes muchas veces llevan sus granos en cáscara porque no logran terminar de pelarlos en sus chakras, pero también para que los consumidores vean que se trata de productos sanos y frescos. Foto ~ Gabriela Vanegas Carrera.

¿Qué pasa con el sector público?

Hay una bronca fuerte con el tema del sector público. Pero inicialmente se necesitan dos cosas. Uno, que sus empleados vengan a comprar, sería el éxito. Y dos, con que no molesten es suficiente.

Cuando hablamos del SPG, hay que comenzar a reflexionar sobre la proyección del SPG. Lo primero que hay que analizar bien es qué es el SPG. ¿Es un bien público? Si es un bien público, ¿es un bien público de gestión gubernamental / estatal o puede ser un bien público de gestión comunitaria? ¿O puede ser un bien público de gestión cooperativa? Entonces ahí de nuevo, ¿cuál es el rol?

Entonces es todo este contexto el que me lleva a entender que hay una fuerte vulnerabilidad desde los modelos de gestión y estos bienes públicos que se generan en los circuitos.

Por ende, estas ferias, estos mercados, las canastas, el SPG, el sistema de precios… Debemos entenderlos como bienes públicos de alta vulnerabilidad para los cuales es necesario consolidar y desarrollar otras alternativas.

¿Y cómo afecta a estas iniciativas la crisis económica, el incremento en los costos del transporte, etc?

Esa parte ha sido súper compleja porque el incremento en los costos de transporte nos impacta con fuerza. Y nos ha tocado reducir el margen bruto de contribución para la cooperativa, pero no hemos incrementado los precios para el consumidor.

Hay una realidad y es el complejo escenario económico a nivel urbano. Hay una contracción de la demanda y una reducción de los ingresos netos de las familias. Y eso nos lleva a hacer un trabajo minusioso y comprensible para poder sostener los espacios.

Lo que nos debe quedar claro es que América Latina es la región donde alimentarse saludablemente resulta más caro que en otros lugares si se compara el nivel de ingresos con el costo de los alimentos. Entonces, estamos frente a mercados excluyentes que violentan los derechos de las personas a una alimentación sana y soberana. Pero también se afectan los derechos de los campesinos al acceso a recursos productivos.

Por todo esto, apostarle al tema de circuitos cortos, al desarrollo de ferias, a una alimentación saludable para sectores populares es bien complejo porque también implica sacarle a la agroecología de un discurso, y de algunas conceptualizaciones blanqueadas, si cabe el término, y ponerla en un escenario emancipador y popular, es decir un proyecto político, campesino y popular que enfrente el tema de la soberanía alimentaria en diferentes y complejas dimensiones.

Es decir, la agroecología como aporte a un proceso político, a un proyecto político. Entonces esa parte es bastante complicada, pero seguimos ahí.

Es necesario también ir entendiendo las limitaciones de las políticas públicas, muchas de ellas que no tienen nada que ver con soberanía alimentaria.

También es importante entender las dinámicas que se dan en los entornos del sistema alimentario y los “vecindarios alimentarios”. Así como las condiciones que van definiendo la cultura alimentaria en los barrios. Porque nosotros podemos tener trabajado el sistema de precios para que la gente pueda acceder a alimentos saludables, pero si al salir ellos prefieren ir a comprar en las cadenas, estén como estén los alimentos, sin preguntarse qué es lo que están consumiendo.

Y eso es bastante preocupante. A mí me da bastante miedo lo que va a pasar con los niños y jóvenes, las generaciones que se están alimentando con productos que se han generado en estos mercados para pobres. Y es necesario conocer las repercusiones que esto acarrea a su desarrollo cognitivo, a su salud.

Pero ese es el escenario que hay que debatir, que hay que construir. Y es un escenario que nos toca disputar para poder llegar con estos alimentos campesinos, agroecológicos. Construir una verdadera alianza entre territorios rurales y urbanos en resistencia desde esta perspectiva del derecho a la alimentación.

¿Qué es lo que más le ha sorprendido de estos mercados para pobres?

Los precios. Si vas a ese tipo de supermercados encuentras café para pasar a tres dólares, yogurt de frutas por un dólar… Y es ahí cuando te preguntas cómo, ¿cómo logran esos precios?

Simple, utilizan sustitutos. Muelen cáscara de café y mezclan el sustituto con un poquito de café. Usan suero de leche en lugar de leche, agregan preservantes y saborizantes. Y ese es el mercado para los pobres.

Entonces tienes estas marcas posicionadas a nivel nacional, que usan marcas más populares, marcas complementarias, para vender productos de mala calidad.

Y competir contra los monopolios de la alimentación siempre es difícil. Nuestro mercado agroecológico en La Mena está en medio de dos de esos supermercados para pobres.

Y si esos supermrecados para pobres ponen esos precios, al otro lado tienes un comisariato que ya te pone otro precio, y más allá otro super mercado express que coloca otos precios y aún más bajos … Entonces, son unos vecindarios alimentarios que desplazan a las tiendas, a las verdulerías por grupos comerciales posicionados

¿Y es ahí cuando se debe retomar el proceso organizativo?

Sí, nuestro proceso organizativo, particularmente, viene de los finales de los ochenta, principios de los noventa, a través de la pastoral, alrededor de la Iglesia, con bastante reflexión de la teología de la liberación.

Con algunos compañeros nos empezamos a incluir en la comisión de salud, donde se empezó a plantear el tema de la alimentación como parte del derecho a la salud. El “curita” que coordinaba era un francés, y nos empezó a proponer la articulación con productores campesinos.

En ese tiempo nadie hablaba de agroecología. Y así fue como comenzamos a sembrar en los espacios de la iglesia, lo que llamaríamos ahora huertos urbanos. Luego armamos la tienda juvenil, nos aliamos con compañeros pesqueros de Muisne… Pero en ese tiempo el objetivo era tener acceso a los alimentos.

Y se ofrecía cosas bien concretas como las harinitas, productos frescos y así. Yo veo que en este momento existe un proceso de complejización. Ahora tenemos empresas campesinas que pueden ponerte quinua roja, quinua amarilla, quinua negra, harina de quinua o de avena…

Y también se puede encontrar procesados más complejos como los quesos del “Salinerito” con sus embutidos, o los embutidos que vienen de Intag, también vinos artesanales de diferente calidad e incluso todo este tema de cosmética.

Entonces estas tiendas iniciales que teníamos eran bien básicas. Ahora tenemos ecosistemas más fuertes dentro de la perspectiva de la economía social y solidaria y de la producción campesina que nos permite tener tiendas más completas. Hay productos procesados que te permiten desarrollar una oferta más completa para las canastas alimentarias de las familias.

Tenemos o producimos casi todo. Son cosas muy puntuales las que no logramos, como el aceite vegetal.

Entonces, ahora estamos en la capacidad de brindar alternativas que no sólo permiten alimentarse, sino mantener estilos de vida saludables, responsables y conscientes del cuidado del ambiente. Porque es importante entender que desde el consumo podemos incidir en el fortalecimiento de procesos organizativos territoriales.

Feria agroecológica Siembra Por La Vida, ubicada en el mercado de Carcelén. Funciona los días viernes desde las cinco horas de la mañana hasta el mediodía. Es parte de la red de ferias de la Cooperativa Sur - Siendo. Foto ~ Gabriela Vanegas Carrera.

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Notas

[1] Créditos:

Entrevistadora: Gabriela Vanegas Carrera.

Corrección y edición de texto: Esteban Daza, Gabriela Vanegas Carrera.

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Equipo OCARU

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