Diseño y diagramación ~ Katherine Herrera

Resumen: Ponencia presentada por Paulo Petersen en el conversatorio organizado por CLACSO y el proyecto Coaliciones para apoyar procesos socio-políticos hacia la transición agroecológica en Suramérica. Paulo reflexionó sobre la necesidad de actualizar los debates sobre la Cuestión Agraria desde los aportes de la agroecología.

Introducción

En mi presentación voy a intentar mostrar algunas proposiciones generales que están en el debate de nuestros espacios donde hablamos de agroecología y reforma agraria: primera, ¿cómo debería redefinirse la cuestión agraria actual desde el punto de vista de la agroecología?; segunda, ¿por qué son necesarias amplias coaliciones sociales para abordar la actual cuestión agraria?; y tercera, ¿por qué son necesarias y bajo qué principios se deben guiar estas amplias coaliciones

Agroecología y Cuestión Agraria

¿Por qué la reflexión sobre la cuestión agraria ahora? Por un lado, los que profesan el dogma neoliberal dicen que ya no existe una cuestión agraria. Según ellos debido al avance de las tecnologías y la liberalización de los mercados, ya no se justificaría hablar de reforma agraria. Por otro lado, muchos que sí justifican la necesidad de reforma agraria defienden formatos convencionales, es decir, una reforma agraria clásica. El elemento central para los procesos de reforma agraria clásica es el concepto de unidad económica, lo que significa la cantidad de tierra transferida a una familia o a una comunidad para que pueda obtener niveles de renta satisfactorios. Esta perspectiva convencional alimenta una visión parcelaria de la reforma agraria, de modo que cada unidad es concebida como una empresa en competencia en los mercados. Esta cantidad de tierra varía con el tiempo en función de los mercados y de los desarrollos tecnológicos. Por lo tanto, son criterios definidos a partir de la lógica de acumulación de capital.

Por ello, desde la agroecología, necesitamos contestar esta concepción de la cuestión agraria. Requerimos una visión de la reforma agraria que vincule el trabajo a los bienes ecológicos y no a los mercados. La cuestión agraria no puede permanecer centrada en el debate sobre el tamaño de la propiedad, sea grande, mediana o pequeña. La cuestión es lo que se hace con la tierra, cómo se la maneja. Partiendo de la falta de una reflexión desde la perspectiva agroecológica sobre la cuestión agraria, tomamos esta iniciativa de profundizar e intercambiar percepciones, sabiendo que la noción clásica de la cuestión agraria ya no concuerda con los principios agroecológicos.

Hay algunos autores que han hecho el esfuerzo de actualizar esta lectura a partir de la mirada agroecológica. Por ejemplo, Haroon Akram-Lodhi en su artículo Agroecology and the agrarian question in the twenty-first century, publicado en 2021, señala tres elementos centrales de la crítica agroecológica a la definición clásica de la cuestión agraria:

  • En primer lugar, una crítica profunda a la ortodoxia marxista en este campo de reflexión; deja claro que el mismo Karl Marx no afirmó que la disolución de la agricultura campesina era una condición para resolver la cuestión agraria. Pero desafortunadamente esta afirmación que se le atribuye falsamente se ha consolidado en interpretaciones posteriores y fue responsable, como sabemos, por mucho tiempo, de las violencias históricas cometidas contra el campesinado en nombre de la revolución socialista.
  • El segundo aspecto es que no es cierto que la agricultura capitalista sea un motor de desarrollo de las fuerzas productivas. Por el contrario, al centrarse en la búsqueda de máxima productividad a corto plazo, destruye las condiciones biofísicas necesarias para seguir produciendo a mediano y largo plazo.

  • La tercera consideración sostiene que la lógica localmente ajustada del trabajo intensivo en conocimiento sí permite un aumento de la eficiencia productiva a través del manejo de flujos de energía y materia, justamente la condición para el aumento de las fuerzas productivas de forma sustentable.

Combinando estos tres factores, Akram-Lodhi (2021) sostiene que la cuestión agraria contemporánea solo se puede resolver mediante una profunda transición agraria basada en la agroecología; de hecho, como enfoque científico, la agroecología surgió como una respuesta a los efectos del desarrollo del capitalismo agrario a partir de la segunda mitad del siglo XX, especialmente tras los efectos de la revolución verde en Latinoamérica. Por lo tanto, el capitalismo agrario del siglo XXI es totalmente distinto a aquel que existía cuando la cuestión agraria fue elaborada originalmente. Eso significa que la definición de la cuestión agraria necesita ser actualizada para que considere los cambios y las formas de apropiación y uso de los espacios agrarios.

La agroecología propone un lente para interpretar la crisis agraria desde una perspectiva materialista, incorporando una interpretación ecológica al funcionamiento de los agroecosistemas y de los sistemas agroalimentarios. La agroecología política, a su vez, especifica esta visión como una crítica a las instituciones que organizan la estructura y regulan el funcionamiento de los agroecosistemas. La agroecología política discute estrategias políticas para viabilizar las transformaciones necesarias que superen las cuestiones agrarias actuales. Este es el sentido del debate sobre las articulaciones y redes de agroecología que estamos poniendo en práctica a través del proyecto de Coaliciones para apoyar procesos socio-políticos hacia la transición agroecológica en Suramérica(1). Se trata no solo de un ejercicio práctico de formar redes, sino también una reflexión teórica sobre las estrategias políticas del campo agroecológico.

Redefiniendo la cuestión agraria

La apropiación de los espacios agrarios para estructurar los agroecosistemas y los sistemas agroalimentarios establece una triple articulación:

a) La forma cómo se organizan los agroecosistemas debe responder a las necesidades de la sociedad, a comenzar por la producción alimentaria, la creación de empleo, la contribución al desarrollo general de la economía;

b) También debe permitir la reproducción de las condiciones biofísicas de la producción a largo plazo;

c) Por último, debe corresponder a las expectativas e intereses de quienes trabajan directamente en la tierra, una dimensión microeconómica y cultural.

Estos tres ejes deben ser contemplados en equilibrio. Si uno de ellos entra en crisis tenemos las condiciones objetivas para que se pueda plantear una cuestión agraria. Por lo tanto, no hay una cuestión agraria, sino muchas que deben ser entendidas en plural. Ellas se manifiestan de formas distintas en cada contexto, en el tiempo, en el espacio. Cada cual es la expresión de la desarticulación de uno o más de estos ejes.

Una cuestión agraria es la expresión de los impactos negativos generados por una determinada estructura agraria. Pero, si no hay un esfuerzo político para transformar esa estructura, estos impactos son transferidos a la sociedad, en particular a su parte socialmente más vulnerable. Esto genera los fenómenos de injusticia alimentaria, injusticia ambiental, injusticia climática. Son externalidades negativas distribuidas de forma desigual en las sociedades que, incluso, terminarán siendo pagadas por las futuras generaciones. Las cuestiones agrarias existen exactamente cuando se producen estas externalidades negativas persistentes y profundas. Los liberales las denominan como “fallas de los mercados”.

Actualmente, bajo la dominación del régimen agroalimentario neoliberal los tres ejes son desarticulados a la vez. Lo más importante que se debe entender de la globalización neoliberal es que ante el flujo internacional de mercancías agrícolas y la imposición de reglas globales, esta desarticulación no tiene efecto solo local, sino que alcanza escalas mundiales ya que los efectos en una región repercuten en otra.

Existen dos procesos articulados que han sido responsables de la reconfiguración de la cuestión agraria en las últimas décadas. Por un lado, la industrialización de la agricultura con el arsenal de tecnologías de artificialización; y, por el otro, la globalización de los mercados. Estos dos procesos asociados han favorecido a la concentración de poder en la regulación de los sistemas agroalimentarios. Es una nueva gramática de acumulación de capital con el control corporativo de los flujos económico-ecológicos. Como resultado, la naturaleza y el trabajo humano localmente articulados han perdido centralidad e importancia relativa en el funcionamiento económico-ecológico de los agroecosistemas y de los sistemas agroalimentarios.

Las tres contradicciones

Estamos presenciando cómo las tecnologías –incluida la tecnología de la información– y el capital ocupan un lugar, cada vez más central, en las formas de apropiación de los espacios agrarios. Vemos con preocupación una desconexión profunda de la agricultura y la alimentación con relación a la naturaleza y la sociedad, además de una creciente dependencia tecnológica de insumos y servicios mercantiles, incluido los servicios financieros. Sin embargo, frente a este panorama podemos identificar tres grandes contradicciones donde está la base de la lucha para la superación de la cuestión agraria.

  • La primera se refiere a las expectativas económicas que no son correspondidas por los productores. Los costes fijos aumentan constantemente, los recursos que antes se movilizaban a partir de una base de recursos autocontrolada y disponible localmente, ahora se movilizan a través de los mercados de insumos y servicios. Eso es lo que se conoce como la mercantilización o externalización de la producción. Por un lado, una estructura de costes muy rígida y permanentemente con tendencias al alza; por otro lado, una gran volatilidad de los precios de los productos. Los dos fenómenos crean una fragilidad económica produciendo flujos de caja muy bajos, frecuentemente negativos. Esto lo podemos ver, en especial en la producción a gran escala que adopta altos niveles de artificialización y costes. Es decir, un sistema que se reproduce en economía de escala que conlleva al crecimiento permanente de los emprendimientos como condición para la supervivencia en un entorno económico cada vez más hostil. Por lo tanto, un sistema claramente insostenible que solo se mantiene gracias a la acción decidida de los Estados a través de sus políticas públicas, subvenciones, incentivos fiscales, condonaciones de deudas. O sea un sistema que tiene “hambre de tierra” y que, con el apoyo estatal, avanza sobre los territorios campesinos e indígenas y los ecosistemas forestales.
  • La segunda contradicción indica que la organización socio-material de la producción, basada en un sistema económico que tiene flujos ecológicos lineales y se relaciona con los ecosistemas como si fueran fuentes infinitas de recursos y sumideros infinitos de residuos, está sobrepasando los límites ecológicos con la degradación acelerada de la base biofísica, responsable por la continuidad de los procesos ecológicos insustituibles en la producción agraria. A nivel micro son profundos los procesos de degradación y contaminación de suelos, pérdida de agrobiodiversidad, contaminación de alimentos, desequilibrios bióticos, entre otros; a nivel macro, esta moderna forma de producción agraria y consumo alimentario es la principal responsable de esos límites planetarios sobrepasados, comenzando por el cambio climático.
  • La tercera contradicción es que la agricultura ya no es capaz de cumplir siquiera con su función primaria para la sociedad: la producción alimentaria. Los espacios agrarios son progresivamente apropiados para la producción de commodities agrícolas, ya sea granos para producción de piensos, agrocombustibles, u otros. En esas condiciones la inflación de alimentos pone presión sobre los costes de vida. En Brasil, por ejemplo, país conocido como una potencia agrícola mundial, la inflación de alimentos desde hace más de dos décadas es mayor que la inflación medida por el índice general de precios. Eso pone en profunda contradicción un sistema económico y de poder que se reproduce basado en la explotación del trabajo. Eso porque la producción de alimentos baratos es una condición misma para la reproducción del capitalismo. Con alimentos cada vez más caros, la población es llevada a consumir alimentación ultraprocesada. En las últimas décadas hemos visto el fenómeno del surgimiento de los desiertos alimentarios en las periferias urbanas. Territorios enteros pasan a ser exportadores de commodities agrícolas e importadores de alimentos para consumo. Vemos una agricultura sin agricultores por la automatización creciente a expensas del trabajo humano.

Las tres contradicciones están íntimamente relacionadas y tienen que ver con el hecho de que la tierra de trabajo es convertida en tierra de negocio. Profundizan viejas contradicciones y generan nuevas. El desempleo estructural que es una de las características de nuestras sociedades está relacionado a los patrones de apropiación de los espacios agrarios, asociada a esto la concentración demográfica y todos los efectos regresivos directamente relacionados a este fenómeno como la concentración de renta y la generación de mayores niveles de desigualdad, sociedades más violentas, entre otros. Es necesario ver que la dimensión ecológica y la dimensión social son contradicciones que se refuerzan mutuamente, generando una serie de otras contradicciones en efecto dominó. Tenemos, pues, una centralidad de la cuestión agraria en la policrisis contemporánea, es decir, la cuestión agraria ya no puede ser entendida como un tema rural o un tema del campesinado. Involucra directamente todas las sociedades.

Existe, todavía, una cuarta contradicción que es de naturaleza política. Es tal vez el mayor bloqueo para la definición y la resolución de la cuestión agraria. Los mismos agricultores en crisis luchan por la profundización del modelo que los lleva a la crisis, sobre todo los más involucrados en el sistema (los llamados modernos) son los que más protestan, van a las calles para exigir más apoyo público para contrarrestar sus flujos de caja negativos, protestan contra las reglas medioambientales. Defienden un proyecto público imposible desde el punto de vista biofísico. Además de profundizar desigualdades, contradice la segunda ley de la termodinámica. O sea, genera entropía física y entropía social a la vez. Lo más grave de todo es que esto tiene la capacidad de bloquear cambios estructurales necesarios para afrontar la crisis sistémica en sus raíces.

Esa es la más compleja contradicción pues orienta la acción política para profundizar el modelo que genera externalidades negativas. Una verdadera hegemonía del régimen agroalimentario corporativo impulsa trayectorias de aumentos de escala y creciente dependencia tecnológica de la agricultura y la alimentación en relación a la industria. Incluso en los gobiernos más progresistas la apuesta por el modelo industrial profundiza las contradicciones asociadas a la cuestión agraria. Esta ideología es asegurada por un bloque político muy bien articulado en los Estados, en las organizaciones empresariales y lo mismo en ciertas organizaciones de la agricultura familiar ya avanzadas en la lógica empresarial de gestión agrícola.

Todo esto está siendo defendido por nuevas narrativas como aquellas que hacen referencia al avance tecnológico, la agricultura regenerativa, la agricultura climáticamente inteligente y tantas otras ideas que aparecen con nuevas etiquetas para viejas botellas. Son las llamadas falsas soluciones que bloquean efectivamente la solución estructural de la cuestión agraria. Las soluciones reales no buscan mitigar externalidades negativas. La agroecología produce externalidades positivas y son ellas las que tendremos que promover a partir de la reorganización de los agroecosistemas y de los sistemas agroalimentarios.

Coaliciones agroecológicas

La producción campesina fue históricamente importante en las estrategias de acumulación de capital. Como se ha dicho antes, la producción de alimentos baratos es una necesidad para el capitalismo. Sin embargo, las modernas tecnologías de producción, procesamiento y distribución de alimentos dispersan en larga medida el trabajo humano. Todo el sistema se ha industrializado. Pero, además de producir alimentos, el trabajo campesino produce las condiciones socio-ecológicas necesarias para la continuidad de la producción a largo plazo. Decimos que produce servicios agroecosistémicos. El campesinado gestiona los espacios agrarios basados en principios agroecológicos para producir alimentos sanos en cantidad y diversidad y reproducir las condiciones ecológicas y sociales necesarias para la continuidad de funcionamiento de los agroecosistemas.

Aquí es donde radica la cuestión agraria del siglo XXI. Aquí entra la alternativa agroecológica como medio para solucionar cuestiones locales para retos globales. Por lo tanto, no son los mercados globales y las tecnologías universales las que impulsarán las soluciones. No se trata de bienes y servicios que se pagan. No hay mercado para servicios agroecosistémicos y por la producción de externalidades positivas locales. Servicios agroecosistémicos son bienes comunes producidos por el trabajo campesino. Hay que desarrollar sanciones que limiten la producción de las externalidades negativas y crear arreglos institucionales que protejan y que estimulen el rol del campesinado en la producción de externalidades positivas.

Ante este contexto lo que se puede hacer es afrontar la hegemonía del agronegocio a través de dos movimientos simultáneos. Por un lado, una profunda crítica y denuncia a las falsas soluciones; por otro, la visibilidad pública de las experiencias sociales contrahegemónicas que se desarrollan en todas partes. La alternativa agroecológica viene estableciéndose en las fincas de las comunidades a partir de experiencias muy concretas. Son muchas y muy diseminadas, pero fragmentadas entre ellas y poco visibles públicamente. Las experiencias agroecológicas son iniciativas de resistencia a esta hegemonía al mismo tiempo que prefiguran alternativas para afrontar la policrisis.

Esta mirada parte de la constatación de que incluso en nuestras sociedades organizadas, según la economía de mercado, existen amplios sectores que organizan su trabajo y su modo de vida según formas no capitalistas o no totalmente reguladas por el capital. Se trata de prácticas que mantienen un distanciamiento estratégico respecto a los mercados capitalistas. Entonces es esencial dejar atrás la noción del mercado como una entidad abstracta que opera como el asignador más eficiente de recursos escasos. En lugar de eso, los mercados deberían ser regulados por la vida social. Sustituir la noción de economía de mercado por economía con mercados. La agroecología precisamente parte de este punto de vista. Es la expresión de la resistencia contra los procesos de mercantilización de la vida social.

La agroecología es un movimiento emergente que se construye ampliando coaliciones internas dentro de un campo originario de crítica a la agricultura empresarial, se basa en su capacidad de construir diálogos y convergencias con otros movimientos emancipatorios de lucha por la sustentabilidad. La agroecología es como un significante vacío al que hay que llenar de contenidos políticos y éticos. Esas coaliciones amplias entre un conjunto de movimientos sociales van poniendo sus valores, sus principios, sus banderas de lucha para otorgarle significados a la agroecología para diferentes segmentos sociales, como una lógica que tiene la capacidad de construir mayorías sociales en torno a una crítica profunda a la actual cuestión agraria.

Tenemos un desafío grande en la construcción de estas coaliciones. Por un lado, deben asegurar autonomía a nivel local, a nivel de territorio, de las organizaciones, de la heterogeneidad de las experiencias. Por otro, tienen que articular sus fuerzas para la lucha contrahegemónica. Estas son dos luchas que acostumbran ser antagónicas entre sí, una en la escala micro y otra en la escala macro. El papel de las coaliciones es exactamente de combinar orgánicamente estas dos visiones y evitar divisiones binarias como verticalismo u horizontalidad, revolución o reforma, visiones que muchas veces bloquean la construcción de coaliciones más heterogéneas y necesarias.

La pregunta es: ¿quién es y cómo se forma el sujeto colectivo de la agroecología?, ¿cómo formar un sujeto colectivo dentro de una enorme heterogeneidad de gente que está en la sociedad, en la ciudad, el campo, el consumidor, el productor? El sujeto colectivo de la agroecología no es solamente el campesinado, aunque el campesinado tenga un papel protagónico. Hablar de sujeto colectivo no significa necesariamente movimiento unificado. De ahí, precisamente, la lógica de la formación de redes, de articulaciones, de coaliciones que tienen la capacidad de movilizar gente a partir de sus diferentes espacios de lucha, pero construir una identidad y una capacidad de expresión colectiva para afrontar el régimen agroalimentario.

Hay dos formas de pensar esta acción colectiva, este sujeto colectivo: primero, son las luchas de resistencia. Las experiencias invisibilizadas que son luchas moleculares que pasan en todas partes; segundo, es la construcción de organizaciones que tienen una identidad común para afrontar luchas institucionales a partir de sus propias banderas. Lo que las coaliciones tienen como desafío es combinar una acción distribuida entre experiencias locales y la construcción multiescalar de redes. Que tengan la capacidad de expresarse para afrontar las cuestiones agrarias a partir de los territorios en toda su diversidad y no a partir de fórmulas únicas movilizadas por movimientos totalizadores. Me parece que este es el gran desafío de afrontar las cuestiones agrarias de hoy.

Notas:

(1) https://ocaru.org.ec/coaliciones-por-la-agroecologia-en-suramerica-ecuador-brasil-colombia-y-bolivia/

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Equipo OCARU

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