Observatorio del cambio rural

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"¿El verdadero petróleo está en el agro?" El agroextractivismo como amenaza para la Soberanía Alimentaria

OCARU

Por Tamara Artacker
La frase “El verdadero petróleo está en el agro” del ministro de agricultura Xavier Lazo (abril 2020) parece convertirse en el nuevo slogan de su periodo en el MAG – es repetido una y otra vez, en ruedas de prensa, en afiches del Ministerio y en videos publicitarios que circulan en las redes sociales.

Especialmente en esta época de pandemia, en la que el Ministerio ha sido cuestionado por mostrar poca acción y presencia en los territorios rurales, campesinos e indígenas, este slogan debe llamarnos la atención por sus múltiples connotaciones, y debe levantar alertas sobre sus posibles implicaciones para el sector agrario.

En primer lugar, ¿cómo podríamos interpretar la comparación de la agricultura con el petróleo?

Conocemos los impactos económicos, sociales y ambientales que implica basar la estructura productiva del país y el presupuesto estatal en la explotación del crudo en la Amazonía. Incontables veces se ha señalado la “maldición de la abundancia” , el peligro que se encuentra en la generación de una economía rentista, dependiente de un commodity que se comercializa en el mercado global y en las promesas de “desarrollo” vía extractivismo, quiere decir, a través de la explotación y exportación de recursos naturales renovables y no renovables.

La caída drástica del petróleo en el mes de abril de este año nos mostró, nuevamente, la fragilidad de un modelo económico que depende en gran parte de un solo producto primario para la exportación. Como resultado de esto, vemos en estos días cómo los recortes presupuestarios, debido a la baja del precio del petróleo, afectan sobre todo los gastos sociales.

A nivel de los impactos socioambientales, incluso en la actual situación de excepción, todxs nos enteramos de los derrames de petróleo en el río Coca generados por la ruptura de los oleoductos en abril de este año . Lo que tal vez no todxs tenemos tan presente son los impactos a largo plazo que estos derrames significan para las comunidades locales: la contaminación de sus fuentes de agua, la pérdida de sus suelos productivos por la misma contaminación, los altos índices de cáncer en zonas petroleras. Aunque se arregle el oleoducto y vuelva a fluir el crudo, esto no significa que desaparece el petróleo derramado de ríos, suelos y cuerpos.

Ahora bien, frente a la crisis de los precios del crudo, el nuevo slogan del Ministerio de Agricultura (MAG), invita a imaginar un giro, donde la principal fuente de ingresos del país no sea más el petróleo, sino la agricultura.

En este contexto hay que tomar en cuenta, que el mismo MAG anunció en febrero, en sus seis ejes de la “política agropecuaria 2020-2030” que fomentará las agroexportaciones y la apertura de nuevos mercados, de la mano con una mejora de la competitividad y productividad en el campo. Esto lleva a que el slogan del Ministerio sea interpretado como propuesta de acentuar la agroexportación como sustituto de las exportaciones petroleras que se hicieron poco rentables en este escenario de caída de precios.

Pero encontramos más noticias que refuerzan esta interpretación como la reciente aprobación del acuerdo comercial con la EFTA (European Free Trade Association – Suiza, Noruega, Liechtenstein e Islanda), relación comercial que para Ecuador se basa en la exportación de materias primas como banano, cacao, oro, camarón y rosas; o también los acercamientos al gobierno estadounidense con el objetivo de lograr integrar nuevos productos agropecuarios al sistema de preferencias arancelarias.

Sin embargo, debemos señalar las paralelas que existen entre la explotación agraria, en grandes monocultivos para la exportación, y la extracción de petróleo. Los dos tienen altos impactos sociales y ambientales a nivel local, los dos se basan en una comprensión de la naturaleza como fuente de recursos con valor económico listos a explotar, los dos no toman en cuenta las “externalidades”, los costos no monetarios (sociales y ambientales) que quedan invisibilizados en todo el proceso de extracción y comercialización, los dos se guían según los requerimientos del mercado global, los dos dependen de los precios internacionales, los dos son manejados por grandes grupos económicos o empresas transnacionales. Finalmente, los dos ponen la ganancia por encima de la vida. Por todos estos aspectos en común, se habla de agroextractivismo en paralelo al extractivismo petrolero o minero.

Entonces, ¿qué significa la profundización del agroextractivismo para el sector rural, especialmente frente al panorama de la crisis que se avecina?

Aumentar la producción agraria para la exportación, implica, en primer lugar, una creciente presión sobre el campo. La tierra productiva en el país y también en el mundo es limitada. Los seres humanos actualmente ya estamos ocupando prácticamente toda la superficie de la que se puede sacar uso, y la destinamos principalmente a pastos, forestales, agricultura y, en menor medida, a vivienda.

Para aumentar la superficie dedicada a ciertos rubros agroexportadores, por lo tanto, sólo existen dos vías: o desplazar otros usos del suelo (como los cultivos de alimentos y la ganadería), o deforestar los bosques primarios, lo que conlleva impactos ambientales fatales como mostraron los extensos incendios en la Amazonía en 2019.

En cambio, para aumentar la producción sin aumentar la superficie para estos rubros, se aplica la intensificación de la producción. Debido al enfoque hacia las ganancias a corto plazo, esta se basa en una sobreexplotación de los suelos que lleva a su degradación.

Tanto la intensificación como la expansión del agroextractivismo trae consigo un aumento en el uso de los agroquímicos, que, por su parte, son elaborados con petróleo, lo que nuevamente intensifica la dependencia de este recurso no renovable, sin mencionar sus impactos en la biodiversidad, los suelos, el agua y la salud.

Pero la presión sobre el campo también está relacionada directamente con la situación de lxs pequeñxs productores. En las cadenas agroproductivas de los rubros dirigidos a la exportación –principalmente el banano, el cacao y la palma africana– ellxs cumplen un rol importante en la producción, pero no son lxs que se llevan las ganancias. Muchas veces venden sus productos al límite del costo de producción. No logran competir con los precios más bajos de lxs productores grandes, las empresas agropecuarias, y se endeudan cada vez más y van perdiendo sus tierras. Vemos como consecuencia que, por ejemplo, en el banano hay cada vez menos productores pequeñxs, mientras que la superficie de lxs grandes productores aumenta.

Así, el fomento del agroextractivismo favorece la reconcentración de la tierra y desplaza a la agricultura familiar campesina. Por otro lado, cuando lxs pequeñxs productores son insertadxs en las cadenas agroexportadoras, dedicando su tierra a los monocultivos para la exportación, pierden su autonomía, sus semillas nativas, su subsistencia y con eso, su resiliencia frente a momentos de crisis.

Además, esta idea del fomento de las agroexportaciones se promueve en un momento, en el que el mundo vive una fase de “desglobalización” , de cierres de fronteras y mercados, de reducción de los flujos comerciales a nivel global, un momento en el que muchos países buscan caminos nacionalistas, mirando hacia dentro. En un momento, además, en el que muchxs nos planteamos que no podremos seguir produciendo, consumiendo y viviendo como lo veníamos haciendo porque nos lleva a una crisis socioambiental.

Aplicar entonces en este momento una estrategia de seguir el mismo rumbo extractivista, sustituyendo únicamente un rubro primario por otro, el petróleo por los productos agrícolas, significa no haber aprendido nada de los impactos que generó la dependencia, el tambaleo del presupuesto estatal frente a la caída del precio del petróleo, los despidos masivos en los sectores agroexportadores, la falta de ingresos de lxs pequeñxs productores insertadxs en las cadenas agroindustriales.

Y, lo que debería alertarnos a todxs, es que la profundización del agroextractivismo significa una amenaza real a la Soberanía Alimentaria. Significa que las decisiones sobre el uso del suelo ecuatoriano se tomen según los requerimientos del mercado global, no según las necesidades sociales, alimentarias y ambientales en el país. Significa que se perderá más superficie para la producción de alimentos para el mercado local, mientras que se prioriza la producción de commodities. Significa también, que desde la política pública se intentará acelerar aún más la inserción de pequeñxs productores a las cadenas agroindustriales, generando la pérdida de su autonomía y llevándolos al endeudamiento, bajo promesas de “desarrollo” y mayores ganancias.

Frente a este panorama de amenaza a la Soberanía Alimentaria nos preguntamos por el real objetivo de la política pública agropecuaria y por los intereses a los que responde. Con el slogan “El verdadero petróleo está en el agro” se profundizan las dudas sobre la valorización de la agricultura familiar campesina, indígena y comunitaria porque aunque se les denomine como “héroes” no existe una política real para ellxs. Todo apunta a la profundización del agroextractivismo que, al contrario de lo planteado desde la política pública, no ayuda a disminuir la pobreza rural, sino que más bien agrava los problemas sociales y ambientales ya existentes en el campo y en la estructura económica productiva del país: la dependencia, la concentración de la tierra, el desplazamiento de lxs campesinxs, la desvalorización de la producción local y, el deterioro ambiental.

Sin embargo, la situación de emergencia del Covid-19 demuestra la resiliencia de la agricultura familiar que a pesar del abandono desde la política pública asegura la alimentación de la población, que se organiza de manera autónoma para entregar canastas de alimentos frescos, que cuida la biodiversidad y los suelos, que es el sustento de una nutrición sana, que sigue produciendo sin importar los vaivenes en los mercados internacionales. Esto debería mostrar al Ministerio la necesidad de un cambio de rumbo, y llevar a la comprensión de que el verdadero valor se encuentra en la Soberanía Alimentaria.