A Nina, lo propio y lo distinto le moldeó la vida

Crónica de Elena Vascónez

Nina es una mujer que confía en sus sueños. Estos le acompañan en forma de premoniciones. Son guías que aclaran su pensar y le permiten encontrar respuestas que trascienden de la imaginación a la realidad. Le ayudan a tomar decisiones y acude a ellos en instantes claves. Para ella, creer en las corazonadas es un don.

Los principios del ayllu y la sabiduría de los mayores, tan presentes en la memoria y la conciencia de Nina, fueron los referentes en los que ella, Luz del Amanecer, se sostuvo y se construyó. Honestamente se reconoce citadina porque nació en la ciudad. Sin embargo, su corazón lleva impregnado dentro de sí dos esencias: una que se corresponde con el pueblo Otavalo por sus raíces familiares y otra que le fue concedida amorosamente por el pueblo Puruhá, en los 90, al ser asumida como hija y compañera dentro del Movimiento Indígena de Chimborazo debido a su destacado trabajo de apoyo a las organizaciones de la provincia, sobre todo en Colta donde la lucha guardaba relación con los conflictos de tierras.

Carismática y multifacética, de carácter y voz fuerte, es una de las figuras más representativas y reconocidas por su importante contribución al movimiento indígena en razón de dirigencias, militancia y pensamiento. Ha ocupado varias dignidades a escala nacional e internacional demostrando que el liderazgo de la mujer indígena ha sido capaz de romper el paradigma tradicional de exclusión étnica y de género. Su estatura es baja y su rostro amigable. Conversa con tal sinceridad que da la sensación de haberla conocido toda una vida. Con entusiasmo narra historias escondidas, aquellas no publicadas por los medios ni en las ruedas de prensa que ha dado, seguramente, una infinidad de ocasiones. Los gestos conducen la plática y hasta modula la voz. Escucharla es agradable. Ciertamente, de Petrona Quinche, su bisabuela literata, heredó el don de contar, crear y recrear.

El mundo de la niñez: la escuelita y los valores comunitarios

En medio de dos realidades, a momentos convergentes y otras veces, más bien, en competencia, transcurrió la niñez de Nina. Lo propio y lo distinto le causaban extrañeza y confusión. El mundo mestizo de la escuela y el mundo de los valores comunitarios que sus padres y abuelos replicaban. «En la escuela se desarrolló mi capacidad de asombro y observación. Hacía galletitas y actividades con el barro. En la casa mi madre me enseñó matemática utilizando la taptana. Cuando me sentía triste porque la legua se me enredaba con la pronunciación de algunos diptongos en castellano, difíciles para mí porque mi primera lengua era el kichwa, ella me animaba haciéndome repasar una y otra vez entre mandado y mandado. Así aprendí de la persistencia».

Si bien, en la formación escolar convencional a la que Nina accedió se reproducía el menosprecio de toda lengua que no fuera el castellano, de la medicina ancestral catalogada en tanto una expresión de brujería o se utilizaba la repetición memorística para abordar la historia de personajes y pueblos conquistados y desaparecidos, cuya existencia se reducía al pasado; en la formación acuñada por los saberes propios y los valores comunitarios, impartidos en el hogar, experimentó el manejo del tiempo circular, la relevancia de «ser antes que tener», la apreciación de lo propio, los beneficios de la reciprocidad y el compartir ante la acumulación y el individualismo. Supo que, a diferencia de lo mencionado comúnmente en la enseñanza de la historia contada por los conquistadores y repetida en la escuela, su pueblo gozaba de permanencia cultural e histórica porque estaba vivo. Ella misma era la prueba.

Por otra parte, al participar desde pequeña en el taller textil de su padre comprendió el verdadero sentido de la economía comunitaria y del trabajo. Además se convirtió en una gran tejedora. Comenta que el abuelo, mientras le enseñaba a hilar, compartía la siguiente metáfora: «si cada hilo está suelto se rompe pero si están juntos y entrelazados como somos nosotros (la familia y la comunidad) eso no se destruye fácilmente». A lo mejor presintió el camino que más tarde tomaría su nieta.

El abuelo, los libros y el espacio juvenil:

«Lamparilla ardiente de mis ojos, no desmayes jamás en mi camino» es uno de los pasillos con el que se restauran, en la memoria de Nina, las imágenes musicalizadas de otro tiempo. Abrazada al abuelo cuenta que bailaban juntos alegremente «la pollera colora». Cantaban huaynos y entonaban la guitarra.

A propósito de un hecho, al principio doloroso, su vocación de buena lectora y declamadora despertó. Tenía todas las posibilidades para participar en un concurso de libro leído, pero, por ser indígena, la oportunidad le fue negada. Llorando le contó lo sucedido a su padre y él, preocupado, prometió que le regalaría un libro, justamente el del concurso.

A los pocos días llegó con una colección completa de libros. Le explicó que luego de buscar en algunos lugares no encontró solo un ejemplar denominado Ariel sino varios. Desde ese instante, en un abrir y cerrar de ojos, devoró lo que estaba a su alcance para la lectura. Desde Oliverio Twist hasta las revistas que vendían los sábados en la feria de Otavalo (Memín, Condorito, Tarzán y El Llanero Solitario) eran leídas sin descanso. Al principio lo hacía por distracción pero después, y con un criterio más razonado, seleccionaba sus lecturas cuestionándolas.

«El predominio de la cultura hegemónica hacía que me preguntara ¿qué mismo está pasando con nosotros si estamos dejando lo nuestro y valorando lo otro? ¿Qué sucede con nuestros pueblos? Más en la adolescencia cuando se configuraba mí identidad y tenía varias interrogantes que hasta me provocaron shock» dice ella.

Discriminada en la ciudad por ser indígena y en la comunidad por vivir en la ciudad, decide crear con otros jóvenes el taller cultural Kausanakunchic para decir «aquí estamos, hemos vivido, vivimos y seguiremos viviendo». La música, el teatro, el deporte y la danza fueron las expresiones artístico-deportivas encaminadas a retomar con calma esa búsqueda de respuestas.

Su paso por este espacio le dejó una lección. Ese día, el grupo musical del taller fue invitado por un amigo a una asamblea comunitaria. Ya en el sitio, los artistas (entre ellos Nina) esperaron un largo rato con la ilusión de llevar a cabo su presentación musical pero, finalmente, no lo pudieron hacer. No habían sido invitados por la autoridad de la comuna sino por un conocido. Esa era la razón. «La experiencia fue buena porque pudimos visibilizar jurisdicción territorial, autoridad y reglas de convivencia, relaciones sociales y diplomacia. El respeto a la autoridad que está al frente de una comunidad era la base. Eso nunca más lo olvidé» asegura.

El nacimiento del proceso organizativo y la vida política:

Años más tarde, ya en su vida profesional, Nina viaja a Riobamba articulándose así con varios procesos organizativos. Puso a su servicio tanto los conocimientos de abogacía como lo aprendido por experiencia en relación a la autoridad comunitaria. Sirvió de mucho la lección vivenciada junto a sus compañeros músicos.

Capacitadora y asesora en resolución de conflictos, en las comunidades, impartió clase sobre administración de justicia indígena. Pensaba que los conflictos debían ser resueltos en la comunidad, tal cual sus mayores, en el estado pre colonial, lo hacían sin necesidad de acudir a los intendentes. Lastimosamente, como las capacidades y facultades de las autoridades indígenas para la libre determinación de sus pueblos no se reconocían vía legislación, nada que pudiera realizarse al respecto funcionaba. Se topó con una piedra pero continuó.

Exactamente en 1993, cuando ya formaba parte del movimiento indígena de Chimborazo, las organizaciones de Colta promovieron su nombre para la candidatura a la dirigencia del tercer congreso de la CONAIE de ese año. Por decisión asamblearia a nivel provincial fue candidata y, por unanimidad, electa dirigente de tierras y territorios de la organización nacional.

Afirma que su caso es sui géneris porque, aunque no creció en la comunidad y siempre se consideró urbana, el apoyo popular de las comunidades que le adoptaron marcó el nacimiento de su proceso organizativo y se ha hecho presente en todo momento. Para la Asamblea Nacional Constituyente fue nombrada representante por Chimborazo con el apoyo de las organizaciones en el 98. Lo mismo para la Diputación Nacional, la designación de la Cancillería y la Corte Constitucional.

Aclara: «La decisión no fue cómo entro y soy candidata y empiezo a buscar adhesiones, fue porque me pidieron desde la organización y porque lo decidí. Miré que lo colectivo vaya de la mano con lo individual y la necesidad de decidir en el seno de la organización. En consecuencia, he sido un abre caminos. Había que romper el menosprecio a los pueblos y demostrar que si podemos. En los cargos que me ha tocado estar no he entregado carreteras y demás. Ha sido una lucha desde la legislación, la política y ahora desde la investigación con un proyecto que tengo en mente para que se fortalezca el conocimiento y la filosofía de los pueblos recuperando el uso del idioma porque ahí es donde está la esencia del pensamiento».

Nina ahora:

Madura y con una claridad ganada en el trayecto, indica que su tarea ya no es la de ubicarse en la palestra política como los eternos dirigentes de otras organizaciones donde no existe renovación. Ahora es importante para ella contribuir en el consejo de mayores de la ECUARUNARI y desde ahí acompañar a las nuevas generaciones apuntando a la conducción colectiva, un principio del ayllu. Una conducción entre jóvenes y mayores en diálogo permanente.

Señala que es necesario poner atención al trabajo interno así como en los 70 y 80. Analizar los valores, los principios sobre los cuales se plantean las propuestas y sus contenidos para que no se debilite la filosofía. Retomar la memoria histórica del movimiento indígena y sus aportes. Pasar de la demanda y el reclamo al cómo se construye y a la comprensión de las implicaciones del Sumak Kawsay y del Estado Plurinacional. Entender los códigos culturales que están en el idioma y recoger nuevamente el significado de la chacana como un código matemático, geométrico, político y filosófico. Sin dejar de lado el reconocimiento explícito de las autoridades comunitarias y de la necesidad de establecer un nuevo modelo de Estado.

«Que no estemos como una suma de individuos sino que afirmemos nuestra continuidad histórica como pueblos. Que podamos decir somos un autogobierno de los pueblos indígenas. Tener una conciencia y difundirla, seamos urbanos o rurales. Que sepamos quienes somos para exigir territorios y elegir autoridades indígenas más allá de la filiación. Esa es mi esperanza ahora» menciona, mientras ubica su mirada en el horizonte, entre las montañas y la neblina espesa que aparece por la ventana del sitio que ha visto en sus sueños. En el punto más alto de Caspigasi.

http://elenavasconez.blogspot.com

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