Política en feminista y límites en la articulación: reflexiones en coyuntura

Autoría:

OCARU

Fecha de publicación

abril 6, 2021

Política en feminista y límites en la articulación: reflexiones en coyuntura[1]

Entrevista a Alejandra Santillana Ortiz[2] por Mirjana Jandik[3]

 

Mirjana Jandik (MJ): En una entrevista publicada el año pasado, te refieres al Ecuador como un «nuevo laboratorio del neoliberalismo» en referencia a la agresiva política de ajuste que ha implementado el gobierno de Lenin Moreno en estos años (recortes en la inversión social pública y los programas e infraestructura vinculados con el cuidado, leyes que dan paso a la precarización y flexibilización laboral, despidos, etc.). ¿Cuál ha sido el impacto de esta ola neoliberal para la vida cotidiana de las mujeres y las disidencias?

 

Alejandra Santillana (AS): Recordemos que Chile fue el primer país en América Latina en donde se aplica el neoliberalismo, y fue aplicado por la vía de la dictadura instaurada en 1973: la violación de derechos humanos, el uso de la represión, el miedo, la tortura y la conformación de un escenario en donde las élites latinoamericanas en complicidad con el imperialismo norteamericano cometieron crímenes de lesa humanidad. A partir de aquí, todos los países latinoamericanos entre los 80s y 90s aplican políticas de ajuste, bajo el mandato del Consenso de Washington, es decir la receta neoliberal como norma y destino para los países del Sur: acuerdos con el FMI, procesos de endeudamiento agresivo de parte de los estados, privatizaciones, depreciación de los salarios de la clase trabajadora y pérdida de sus derechos laborales, recortes en la inversión pública social, entrada de la ideología neoliberal al sistema educativo, políticas de descampesinización, etc. En esta primera ola la estrategia de aumento de la tasa de ganancia de las élites globales, implicó un agresivo empobrecimiento de gran parte de la población latinoamericana, a la par se conformó un modelo agroexportador anticampesino, que obligó a que población indígena, afro y rural migre hacia las ciudades en busca de mejores condiciones de vida; condiciones que no son garantizadas y que implicaron que miles de personas pasen a ser sectores empobrecidos y despojados en las ciudades. Cuando decimos que el neoliberalismo está en una segunda fase, a lo que me refiero es que, países que no necesariamente habían vivido políticas neoliberales agresivas y generalizadas, como el caso del Ecuador, ahora sean parte del ajuste. Y es que aquí debido a la composición propia del campo popular ecuatoriano, del surgimiento del movimiento indígena (creación de la CONAIE en 1986), como un actor con capacidad de autorepresentarse y además con capacidad de acoger al resto de luchas populares y sociales a partir de los años 90s, de la participación de sectores populares de trabajadores y trabajadoras, organizaciones y movimientos de estudiantes secundarios, universitarios y demás, hay una estrategia efectiva de movilización, de impugnación y de interpelación que ha permitido frenar ciertos niveles o proyectos emblemáticos de las élites para el ajuste estructural. El correlato de este carácter, es un tipo de élites rentistas y subsidiadas por el Estado, que no tienen propiamente un proyecto nacional o un plan de cara al Estado, ni tampoco un modelo con capacidad hegemónica; y que se ven obligadas a incorporar por la fuerza del campo popular, ciertas reformas y derechos en la institucionalidad del Estado.

 

Sin embargo, en ese contexto posterior al levantamiento de octubre del 2019, y en medio de una crisis económica y sanitaria y un encierro obligado asentado en una política de represión justificada por la pandemia COVID19 (estado de excepción, suspensión de libertad de movilidad y asociación, etc.), estas políticas han podido ser aplicadas más agresivamente en este último año[4]. En efecto, el ajuste viene acompañado de una agenda securitista e imperialista, de represión, que se hizo más evidente en octubre. Y que se vuelve recurrente en el manejo de las movilizaciones en otros países como Colombia y Chile.  Parece haber una serie de técnicas propias de una agenda de seguridad para América Latina, que tiende por un lado la aplicación de políticas neoliberales, o el reforzamiento del modelo neoliberal en el caso de Chile o de Colombia, y al mismo tiempo un proceso de policialización, como una especie de una mayor participación de la policía y de la lógica de la policía en la esfera de lo público.

 

A pesar de habitar la crisis, los resultados electorales de la primera vuelta, la constitución del Pachakutik como segunda fuerza política en la Asamblea, etc. muestran que el campo popular ecuatoriano va construyendo ensayos y salidas que no se restringen a la polarización actual del escenario político.

 

MJ: Gracias por este panorama bastante amplio. En relación a octubre, ¿cómo se generaron espacios de cuidados y cuál fue la participación de las mujeres?

 

AS: Si hay algo que ha caracterizado al campo popular organizado del Ecuador con todas sus contradicciones, ambivalencias y errores, ha sido la constancia y la movilización de los últimos 30 años; básicamente las organizaciones históricas y también los distintos sectores que emergen en diferentes coyunturas, se han movilizado todos los años durante más de tres décadas. Esto no borra la crisis propia del campo popular que estamos atravesando, que es otro tema, pero sí explica, esta condición de un campo popular que siempre está interpelando, exigiendo mayores derechos, democratización del espacio público, de la esfera de lo público no-estatal, de la esfera del debate participativo, de la toma de decisiones. Eso quiere decir que desde el retorno a la democracia, las calles son un espacio político donde se dirimen los conflictos que no logran resolverse en lo institucional estatal.

 

Ahora bien, pensemos en los feminismos. En los últimos años y como correlato de lo que ocurre con el movimiento feminista latinoamericano; la capacidad de movilización de los feminismos presenta algunas características. Verónica Gago sostiene que, se ha configurado una especie de geopolítica del sentido feminista, una cartografía y una gramática, que se caracteriza por la masividad y la potencia. El feminismo actual ya no existe en circuitos cerrados, es un sujeto – movimiento que ha desbordado las calles, ha desbordado las organizaciones. Es un feminismo del desborde, diría yo, pensando en esta imagen del tsunami, para no recurrir a las clásicas genealogías que establecen la existencia de primera, segunda, tercera ola, sino pensar el feminismo como esa potencia que desborda. Y que desborda no solamente en términos de la cantidad de mujeres que salen a las calles en las movilizaciones, sino que desborda por su capacidad emancipadora, transformadora, crítica. Esa potencia para desacomodar y descolocar todo. Y esta potencia también para ir construyendo otros horizontes emancipatorios, otros horizontes de liberación.

 

Es en ese contexto específico, en el Ecuador las calles desde el año 2015 son ocupadas por movilizaciones masivas de mujeres. A partir del 2018 comenzamos a participar del llamado internacionalista a la huelga del 8M, retomamos la movilización por el 28 de septiembre (día de las despenalización del aborto en América Latina y el Caribe), y se generó una participación todavía limitada y restringida de organizaciones feministas en otras luchas (clasistas, ecologistas, antineoliberales) que no aparecen como explícitamente feministas pero que adquieren un carácter feminista en la lectura que se hace, por ejemplo de la crisis, de la participación en el 1ero. de mayo. En los últimos años las calles fueron sostenidas por las mujeres, pero también por los estudiantes, lxs trabajadorxs, y en octubre del 2019 por el movimiento indígena, las organizaciones populares, los barrios, y el pueblo en general. Sin embargo, a pesar de contribuir a esta dinámica de sostenimiento de las calles y de llevar lo privado y lo doméstico a una discusión política pública, esta presencia feminista no es tan grande y clara en el levantamiento de octubre. Como dice Belén Valencia, de Ruda Colectiva Feminista, lo que pasó en octubre es que, en las organizaciones se produjo un apoyo masivo o hubo un proceso de decantamiento a lo interno. En el caso de las organizaciones y colectivos feministas, se produce lo segundo, un proceso de decantamiento, es decir, un proceso en donde no todas las feministas confluyen en un apoyo al paro, y en donde no hay un espacio propio de articulación y convergencia desde los feminismos.

 

En octubre vemos que algunas organizaciones y ciertas compañeras feministas se suman a estos espacios, salen y acogen el llamado del movimiento indígena y del pueblo ecuatoriano, pero otras no. Esto no quiere decir que las mujeres no hayan sostenido las calles y los espacios de cuidado y reproducción en el levantamiento, sino que la participación de organizaciones feministas fue limitada como sujeto, a diferencia de Chile y la conformación de coordinadoras y asambleas feministas territoriales.  Pero lo que surge como fenómeno para nosotras o es digamos más claro, es que la política puede ser pensada en clave feminista, y ya no solo en clave masculina o patriarcal. En ese sentido, empezamos a indagar colectivamente ¿cómo la política con la economía feminista, la división sexual del trabajo y los espacios de cuidado? Octubre nos dice que las mujeres somos una fuerza masiva que ocupa las calles, que viene del campo o que está en los barrios, que somos mujeres que tienen una enorme capacidad para tejer y articular procesos de cuidado y de movilización: estar en los espacios de lxs guaguas, en los centros de acopio de todo lo que se necesitaba, el paro como minga, estar en las ollas comunitarias, pero también estar bronqueando en primera línea y en la discusión política.

 

Por eso, la pregunta por octubre es también ¿qué legado nos dejó? Luego de  asamblear entre mujeres convocadas por las compañeras de la Ecuarunari y CONAIE, las mujeres convocan a una marcha el sábado 12 de octubre. Ahí se acuerda seguir ocupando las calles y mantener el paro hasta la derogatoria del decreto 883, que retiraba el subsidio a los combustibles, pero también se acuerda cambiar la lógica de la movilización. Es decir, ante la lógica guerrerista del Estado, y la represión de la policía que dejó como saldo muertxs y miles de heridxs; las mujeres reconocen y respaldan la importancia de la resistencia y lucha del pueblo pero proponen cambiar el sentido de la movilización. Sin que esto haya sido así literal, lo que podemos ver es que las mujeres vuelven a colocar la defensa de la vida. La defensa de la vida se articula con una discusión sobre el cuidado. Esta discusión del cuidado propia de la economía feminista es la que se traslada al «nosotras defendemos la vida», que se traduce en el contexto del paro como: «si defendemos nosotras la vida, no vamos a ir nuevamente a confrontarnos con la policía, porque lo que va a pasar es que vamos a tener más heridos y probablemente muchos más muertos”. Entonces la inteligencia colectiva y situada de las mujeres, modifica el carácter de la movilización; y el recorrido de la marcha el 12 de octubre. Esa decisión del cambio espacial es también una decisión en términos de transformación temporal. Porque lo que estás planteando es, cambiamos la lógica guerrerista de confrontación, que ha sido súper importante para sostener el paro, pero vamos a ir hacia otro sector de la ciudad para hacer una especie de pedagogía de la rebeldía. Vamos a contarle al resto de la ciudad qué es lo que estamos viviendo, que es lo que está pasando, por qué las mujeres nos levantamos. Y no estamos exigiendo que se caiga Moreno, estamos exigiendo que paren de matarnos, estamos exigiendo que se derogue el decreto 883, que queremos vidas dignas y trato digno. Este es un momento clave, porque la noción del cuidado se traslada a la esfera de lo público, y adquiere una dimensión política. El cuidado ya no es solamente defender la vida en términos de la reproducción material, sino que tiene que ver con «nosotras nos cuidamos para seguir rebelándonos. Nosotras cuidamos al resto para seguir insubordinadas, para seguir levantadas, para seguir en paro”.

 

Eso estuvo presente en la marcha de mujeres, en donde se construye un sentido común, ahí vuelve a operar una política distinta a lo masculino: «estamos juntas, defendemos la vida y estamos levantadas». La marcha además es el 12 de octubre, día en que los pueblos latinoamericanos decimos «no hay nada que celebrar», porque es el legado colonial de la conquista española, es el recordatorio de uno de los genocidios más grandes en la historia de la humanidad.. En medio del levantamiento, las mujeres recuperan la memoria de Dolores Cacuango, Tránsito Amaguaña, y la noción clara de que «ya no queremos ser colonizadas, ya no queremos ser explotadas».

 

Entonces regresando a la idea de decantamiento en los feminismos: no todas salen a las calles, pero las que salen a las calles se dan cuenta de que lo que les junta no es solo el hecho de ser mujeres, sino que es también la conciencia de estar ocupando este lado de la historia, ese lugar en la estructura de clase, ese espacio, ese cuerpo racializado. Se produce una conjunción entre ese cuidado en relación a la reproducción social y a la materialidad de la vida, y al mismo tiempo adquiere una dimensión política del «nos cuidamos para seguir levantadas».

 

MJ: ¿Cómo sostener ese proceso de octubre, cómo sostener ese cambio de lógica, de poner en el centro el cuidado y politizar el cuidado y llevarlo más allá de octubre?

 

AS: Empiezo diciendo que si bien octubre nos permitió un cambio y una posibilidad de descolocar, desacomodar y construir otro tipo de articulación, convergencia o de política en clave feminista, antipatriarcal o no masculina; la pandemia nos devolvió al lugar de precarización, de crisis, y el encierro nos construyó una forma de relacionamiento que ponía el cuidado en el centro, pero que de alguna manera nos dejaba sin mayor capacidad de agenciamiento político, de articulación. Hubo que hacer malabares para poder seguir estando juntas. Eso sumado al proceso electoral y a las propias condiciones y características del campo popular ecuatoriano, que ha implicado que a pesar de que las cifras en términos electorales nos muestran que hay una serie de posibilidades para el movimiento indígena como un actor determinante en la correlación de fuerzas en el Ecuador…estamos asistiendo a un proceso en donde las crisis propias del campo popular muestran cómo se nos ha hecho muy complicado, sobre todo a las organizaciones feministas, sostener aquello que octubre nos presentaba.

 

Es decir, de alguna manera, octubre está presente en las votaciones y la apuesta por un proyecto que no es ni la derecha neoliberal, ni el progresismo populista. Pero octubre también es el acumulado de fuerzas y el acumulado de luchas de 30 años del campo popular organizado. Y las votaciones de ahora también. Si las izquierdas, las organizaciones, el campo popular no se hubieran movilizado inclusive en el marco del correísmo, no tendríamos este escenario. Las cosas no ocurren solamente por una coyuntura espontánea o porque el candidato tiene ciertas o no características. Tiene que ver con procesos de larga data y con memorias y formas que se van adquiriendo y se van inscribiendo en las dinámicas político-sociales.

 

Sin embargo, así como nos movilizamos también nos cuesta muchísimo sostener procesos de articulación, de unidad, de convergencia. Pensemos por ejemplo, en la experiencia  del Parlamento Plurinacional de Mujeres y Organizaciones Feministas que fue creado en  diciembre del 2019 y que entiendo aun se mantiene pero con distinta intensidad y aparecimiento. . Ya no soy parte, entonces lo que reflexiono es hasta donde estuve. Lo que hubo en un momento es justo lo que preguntas: ¿Cómo hacer para que octubre sea presente, un legado y una memoria de la lucha y de la construcción de estrategias, pero al mismo tiempo cómo le damos la vuelta a octubre? Las organizaciones y los movimientos no pueden pasarse todo el tiempo movilizadxs en la calle, porque implicaría un desgaste para la lucha, porque físicamente no es posible y porque para nosotras es parte de una mirada masculina de la política. Las redes de cuidado, los espacios de sostenimiento emocional y material, los procesos territoriales que no entran a la gran coyuntura, también son maneras de hacer política. Hay que ocupar las calles, pero luego hay que pensar en cómo articular, cómo hacer síntesis de esas luchas. Hay que hacer como los caracoles del EZLN o el método de las compas Minervas de Uruguay, salir y cuestionar, impugnar, interrogar, interpelar, incomodar, exigir, transformar el orden, el poder. Pero eso no puede ser una dinámica permanente porque sostenerla es desgastante. Y mucho más en pandemia. Entonces eso que vemos en la calle, este momento del salir para afuera, del volverlo público, implica que llegará un momento en donde hay que regresar. Y ese regreso es ese proceso de síntesis. Ese cómo hacer que la rebeldía y la lucha estén en otros espacios que no sean solamente la calle.

 

Quizás sin pandemia, hubiéramos tenido muchísima más probabilidades de ensayar otro tipo de estrategias, de recuperar otras iniciativas populares comunitarias colectivas y sobretodo en convergencia.  Claro que han habido estas apuestas por sostener la vida en pandemia; organizaciones como Mujeres de Frente lograron construir redes de cuidado con mujeres criminalizadas, precarizadas, en situación de calle. Hay iniciativas de varias organizaciones en Guayaquil para resolver la vida. Y hay algunas experiencias en el campo desde las organizaciones y comunidades y su apuesta por la agroecología. Pero donde veo problemas -y lo digo de manera autocrítica- es en los intentos de articulación entre organizaciones feministas, mujeres que son parte de movimientos o espacios mixtos, colectivos, redes, etc… No es que no hayamos hecho cosas. Todas hemos hecho cosas, todas estamos agotadas, todas hemos sostenido emocionalmente, hemos trabajado más y gestionado la emergencia. Lo que digo es a pesar de eso no hay espacios de convergencia feminista, de articulación feminista que se sotengan en el tiempo y logren que la coyuntura no los anule.  Y con coyuntura me refiero a varios elementos, uno de ellos las elecciones y las disputas y crisis al interior del campo popular; nos ha costado muchísimo proponer en términos de una articulación social, no electoral, o no definida por el tiempo y las lógicas electorales, qué queremos. Sabemos qué país no queremos, y es el país que nos proponen las élites o el populismo extractivista autoritario. Pero siento que está siendo muy difícil construir un proyecto que tenga una voz afirmativa, en positivo del país que queremos como ensayo de otra forma de hacer política.

 

MJ: Crees que lo que ocurrió en pandemia es una especie de regreso a lo privado?

 

AS: No sé si es exactamente un regreso a lo privado. Porque digamos las organizaciones feministas y nuestro debate pasa porque a lo privado lo vuelves a la esfera pública y lo politizas, en la politización está lo público. Entonces no sé si hay un retorno a lo privado, pero sí hay un retorno a la desarticulación. Y creo que eso es una dimensión de lo público no-estatal que está en crisis. Lo que suele pasar en Ecuador es que hay ciertos hechos que desbordan nuestras capacidades, que nunca nos esperamos, como este momento electoral, como octubre, que nos generan una ilusión de que sí se puede, que sí podemos, que vamos a cambiar este país, que aquí hay una alternativa. Ilusión no porque no sea real en muchos sentidos. Pero ilusión porque no resuelve las grietas, las fisuras, los desencuentros, los problemas propios que tiene la organización y el tejido social en el Ecuador.

 

Y eso es parte de una crisis, que no es sólo crisis de representación del sistema político, sino crisis de la política de representación, muy típica de los espacios feministas quiteños. Una política de representación que además está atravesada por lógicas de clase. Y esa lógica de clase muy cercana o muy de la pequeña burguesía implica como dice Andrea Aguirre de Mujeres de Frente: que se produzca una división de trabajo entre las feministas, que se traduce en una desvinculación entre quienes están sosteniendo la materialidad de la vida y quienes están haciendo el debate político. Porque el debate político, inclusive entre las organizaciones feministas, es un debate que por su condición de clase es como sostienen lúcidamente mis compañeras de Ruda: ideológico. Por lo tanto, cuando la ideología se separa de la reproducción concreta de la vida, es una especie de ideología ideologizada. No es una ideología que corresponde a una política que está vinculada con la vida. Y creo que eso que vemos en los 16 binomios de la primera vuelta electoral, también está pasándonos a nosotras como organizaciones feministas. Hay un desvinculamiento. Es complejo lo que digo, porque nosotras decimos: en el centro la vida, en el centro el cuidado. Y en efecto, las compañeras todas cuidan, reproducen la vida, están ahí, no es que no estén en la materialidad de la vida. El problema es que esta materialidad de la vida no está siendo una fuente política para construir una política de la vida. Está siendo una materialidad que no se corresponde con las discusiones ideologizadas que tiene el movimiento feminista. Y eso es un problema de clase y de qué tipo de política queremos hacer.

 

MJ: Entonces quizás habría que tratar de narrar eso también. No solo los momentos en los que salimos a las calles y se está al frente sino narrar también esos momentos de regreso, de debate como más interno, donde se generan espacios de cuidado colectivo, donde se generan reflexiones hacia cómo seguir como movimiento.

 

AS: Sí. Me parece que estamos a las puertas de un punto de inflexión, en donde las organizaciones feministas no podemos seguir en la forma en la que hasta ahora nos hemos venido configurando. Esto no es un problema etario, no es un problema generacional. Es un problema de una dinámica que se ha ido enquistando en nosotras. Hay una enorme capacidad para mirar cosas, para sostener procesos, pero también hay una enorme incapacidad autocrítica, de poder poner primero lo común antes que las lógicas de ego, de ideología, o de agenda previa. Eso es un problema, porque lo que nos muestra es que tenemos un problema con la articulación en diferencia. Tenemos un problema con no jerarquizar la multiplicidad y la diversidad entre nosotras.

 

Porque habitar las diferencias: las formas distintas de hacer política, de concebir identidades, representaciones, de construir experiencias y pedagogías; formas distintas o matizadas de problematizar, de cómo nos vinculamos con la esfera del campo popular mixto, o el Estado, etc.. no deberían siempre implicar jerarquías entre nosotras. Entonces el problema, decía Silvia Federici, no es la diferencia, no es la diversidad; el problema siempre es la jerarquía de la diversidad. ¿Qué es primero, qué es segundo? ¿Qué es importante, qué no? ¿Qué es ser mujer, qué no? ¿Qué es política, qué no? ¿Qué es ser feminista, qué no? ¿Qué lógica es hegemónica y cuál debe subordinarse? Y eso está muy ligado con una política de la representación y una política que se hace en clave masculina patriarcal. Tenemos una camisa de fuerza que es la política de la representación y la dinámica pequeña burguesa entre nosotras, y esa camisa de fuerza está impidiendonos construir una política de lo común. Una política que no esté sobredeterminada por la ideología. Una política en donde podamos juntarnos porque tenemos eso, un objetivo en común. Pareciera que tenemos que ser exactamente iguales para poder luchar juntas, cuando en realidad, y eso nos muestra el movimiento feminista de los últimos años, lo único que debería juntarnos es el deseo de transformarlo todo.

 

[1] Esta entrevista fue publicada en la Revista Ila en su versión en alemán. http://ila-web.de/ausgaben/443/f%C3%BCrsorge-politisieren-um-alles-zu-ver%C3%A4ndern
[2] Alejandra Santillana Ortiz es feminista, socióloga, investigadora del Instituto de Estudios Ecuatorianos y Observatorio del Cambio Rural. Integra los Grupos de Trabajo «Estudios Críticos al Desarrollo Rural» y la «Red de Género, Feminismos y Memoria en AL y el Caribe» de Clacso. Es docente en la Universidad Andina Simón Bolívar. Forma parte de Ruda Colectiva Feminista, Feministas del Abya Yala, la Confluencia Feminista del FSMET, el Geej de DAWN y la Cátedra Libre Virginia Bolten. Es docente en la maestría de Género y Comunicación de la Uasb. Actualmente realiza su doctorado en Estudios Latinoamericanos en la Unam.
[3] Mirjana Jandik es B.A. en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Bonn, miembro del comité editorial de la Revista Ila (ila-web.de). Activista feminista interesada en temas de economía feminista, trabajo de cuidados, género y ciudad así como los vínculos entre las luchas feministas de Abya Yala y Europa.
[4] Recordemos que, en la primera década de la Revolución Ciudadana, la alianza se asentó con sectores de las élites que no formaron parte de los gobiernos neoliberales, que estaban compuestos fundamentalmente por agroexportadores y grupos vinculados con el capital financiero bancario. Aquí, Correa tiene acuerdos con sectores con corte nacionalista, servicios, grupos importadores. En esos años se implementó una reforma institucional del Estado que luego fue aprovechada por Moreno. Este llega a la presidencia heredando ciertos problemas de la economía ecuatoriana generadas por el correismo, pero asume rápidamente un gobierno neoliberal que construye un relato de la crisis, para justificar la implementación de políticas agresivas de ajuste estructural. Esto se ve limitado con el decreto 883 en octubre del 2019 y los doce días de levantamiento y de paro nacional que ponen en jaque temporalmente, al gobierno a la presente administración.

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