Los indígenas como mercancía para alimentar el negocio llamado «Guelaguetza»

Monitoreo de Noticias

julio 30, 2013

Artículo. Centro de Medios Libres

Es Julio y las calles del centro de la ciudad de Oaxaca se encuentran repletas de turistas; nacionales e internacionales, que se dan cita en nuestro Estado para ser testigos de la llamada «más grande fiesta cultural de Latinoamérica», festejo lleno de colorido, música, baile, sabor y alegría: la Guelaguetza.Desde la década de los años 30 del siglo pasado, Oaxaca ha construido una fama mundial por ser considerado uno de los lugares con la más completa diversidad cultural del continente americano, principalmente por sus muestras folklóricas que son exhibidas mediante bailes típicos de las 8 regiones que conforman nuestro Estado.

 

Hace más de 70 años (14 de enero de 1931) la ciudad de Oaxaca fue casi destruida por un terremoto de 7.8 grados en la escala de Richter, lo que generó una de las migraciones más grandes en la historia de nuestro Estado, y motivó – junto con el festejo de los 400 años de Oaxaca como ciudad – a la creación de una actividad llamada «Homenaje Racial», en donde cada una de las 7 regiones (en aquél entonces) ofreció una especie de tributo, que consistía en ofrendas de productos típicos de su región, acompañado de bailes y danzas, para «apoyar» de alguna forma a la población capitalina que había resultado más afectada. Así nació (con otro nombre) la primera Guelaguetza.

En las últimas décadas se ha venido celebrando anualmente la festividad más representativa de Oaxaca; «La Guelaguetza», una fiesta que se ha vendido al mundo como «propia de los oaxaqueños», «enaltecedora de la cultura y las tradiciones», pero que no es otra cosa que una mascara perversa para disfrazar de «hermandad» las rivalidades y la dominación que prevalecen en nuestro Estado.

El gobierno bombardea por todos los medios posibles (televisión, radio, prensa escrita, internet) que la Guelaguetza es una festividad de hermandad, de solidaridad, de cooperación, de dar. Pero lo cierto es que esta fiesta sólo representa el odio por los indígenas, sus integrantes y sus defensores, poniendo en evidencia las jerarquías del poder y la perversa manipulación mediática para traerlos al escenario a representar una cruel farsa que vende y deja ganancias millonarias a los privilegiados que manejan a su antojo nuestro Estado.

Con meses de anticipación se reúne un grupo de «expertos» para conformar un «Comité de Autenticidad», personas que se encargarán de «evaluar» a todos y cada uno de los grupos que se presentarán a bailar durante la Guelaguetza y presentaciones anexas, con la única finalidad de «certificar» que todos los participantes sean y se comporten como indígenas, que sus vestimentas, danza, música, comportamiento y fenotipo sean «auténticos» de la cultura que representan, todo ello visto desde un punto de vista de cultura dominante.

Dicho «Comité de Autenticidad» está integrado por personas que se consideran «expertas» de una cultura en especifico, aún más que los propios integrantes de la cultura que estudian, y ejercen la posición de cultura dominante por su carácter de «autoridad» para juzgar, seleccionar, rechazar y aprobar.

No es un secreto que incluso, muchos de los hombres y mujeres que se presentan para bailar en la Guelaguetza son hijos o recomendados de autoridades o personas adineradas de los pueblos que representan, beneficios que consiguen por sus posición de privilegiados, tal es el caso de las hijas de algunos gobernadores, como José Murat y Ulises Ruiz.

Previo al festejo de la Guelaguetza (el 13 de Julio), más de 22 organizaciones y pueblos indígenas de Oaxaca levantaron la voz en una marcha/calenda a la que llamaron «La Calenda por la vida», en donde denunciaron los agravios en su contra por parte del Estado, el asesinato de más de 210 mujeres, decenas de líderes desaparecidos y torturados, así como las graves violaciones de las que han sido objeto durante sus intentos de oposición al proyecto eólico en el Istmo de Tehuatepec, los asesinados por oponerse a la minería de Ocotlán de Morelos y Calpulalpam de Méndez, y el constante hostigamiento que sufren las organizaciones en defensa de los derechos humanos.

Levantaron la voz y pidieron que el gobierno respete su libre determinación, el respeto hacia su territorio y a elegir a sus gobernantes según sus «usos y costumbres», así caminaron cientos de indígenas que vinieron representando a sus comunidades y regiones, durante aproximadamente 8 horas, sin recibir siquiera una respuesta del Gobierno Estatal, ni mucho menos del Federal.

Los hombres y mujeres indígenas están cansados de que sus derechos sean pisoteados, están organizados y no tienen miedo de manifestar su inconformidad, alzan la voz y demandan democracia, libertad, respeto y justicia, dejando una muestra clara de la situación que estamos viviendo en nuestro Estado, contrastando con la imagen que el gobierno quiere proyectar al mundo por medio de la Guelaguetza, de un pueblo sumiso, que agacha la cabeza y baila al ritmo que le toquen, que conviven en un mundo lleno de alegría y tradiciones hermosas, en armonía con sus hermanos.

Tal parece que los indígenas son tolerados únicamente cuando de dar un espectáculo se trata, entonces se les brinda uno de los máximos escenarios de nuestro Estado, para deleitar a propios y extraños, siguiendo la batuta del gobierno que mediante fanfarrias los presenta como el máximo orgullo, mientras el resto del año los oprime, los asesina e intenta esconderlos en lo más alejado para ahogar sus gritos desesperados por justicia.

Según el INEGI (2010) las poblaciones indígenas representan el 33.67% de la población total de Oaxaca, lo que en términos más prácticos se entiende que de cada 3 personas en Oaxaca, 1 es indígena. Cifra bastante importante para entender nuestras raíces culturales y nuestra diversidad como sociedad, así como el papel que están teniendo actualmente.

Desafortunadamente la mayoría de estos grupos indígenas están reduciendo su participación en nuestra sociedad a simples piezas curiosas que pueden ser vendidas como mercancía folklórica, que se utiliza a conveniencia de los intereses de los grupos de poder, para atraer turistas, para vender, para simular un respeto y veneración inexistente a nuestras raíces. Estos grupos no tienen derecho a expresarse, a opinar y mucho menos razonar, pues el gobierno (incluso el «del cambio») ya ha dejado claro que no permitirán el protagonismo, ni que los indígenas intenten salir del molde en el que se les ha instalado.

El gobierno responde con lo que tiene, con su poder, utiliza la violencia, la fuerza, el asesinato, la cárcel y todo aquello que le resulte más cómodo para seguir teniendo bajo control a las poblaciones y manteniéndolas en el sitio que desde hace años les han forzado a ocupar.

Para tener una idea de esto, solamente en lo que va de este mes («mes de la guelaguetza»), han sido asesinadas 5 personas indígenas que exigían al gobierno el respeto a sus derechos, entre los cuales se encuentran un niño triqui de apenas 2 años (Salvador Martínez Hernández), 3 mujeres mixtecas (Estela María Lázaro Feria de 48 años, Benita Feria Ávila de 73 años y Elizabeth Cruz Feria de 18 años) y un indígena (Herón Sixto López) defensor de derechos humanos que representaba el Centro de Orientación y Asesoría a Pueblos Indígenas.

Las historias de indígenas desaparecidos, encarcelados y torturados son muchísimas, todas y cada una de ellas están ahí, como advertencia de lo que pasará con todos aquellos que intenten revelarse, exigir, pensar. Ese es el dialogo del poder, el que conocen las poblaciones a la perfección, un dialogo en el que el gobierno decide lo que se debe hacer, en el que el pacto es que cada Julio se les dará la oportunidad de salir de su miseria para entregar un espectáculo simulado que generará millones de pesos para los más privilegiados, entre los que se encuentran los mismos que controlan nuestro Estado.

Dueños de hoteles, restaurantes, bares, cafés, boutiques, negocios en general, ellos son los verdaderos beneficiados de la Guelaguetza, un espectáculo bien orquestado que vende la dignidad de los indígenas, que está perfectamente maquillado para esconder las injusticias y mostrar al mundo una realidad inexistente, disfrazando el exterminio, la discriminación, el racismo y el dominio sobre las culturas ancestrales de nuestra raza, con bailes, música y colorido, que disfrutan en primera fila los invitados de honor del gobierno, ese mismo gobierno que el resto del año hace oídos sordos a las exigencias que estos pueblos le hacen.

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